¿Es el enemigo?

26.11.2015 | 01:04

Los tambores de guerra que no cesan de retumbar desde la matanza de París van perdiendo tono épico a medida que cualquier estrategia de intervención en el avispero sirio se topa con la absurda realidad que ha mantenido el conflicto empantanado estos últimos años.

Apenas unas horas después de anunciar a bombo y platillo una milagrosa coalición militar de los dos grandes antagonistas del planeta contra el enemigo yihadista común, un avión del Kremlin es derribado por Turquía, socio de la OTAN. La dialéctica bélica Este-Oeste retorna como un disco rayado. El avispero vuelve a su absurdo estado natural.

España es especialmente sensible al 'esto no quedará así' que Putin le ha soltado a Erdogan. Por si no lo sabían, el puesto de mando de una respuesta militar de la OTAN a un ataque contra Turquía está ubicado en la base madrileña de Torrejón.

El eje contra el Estado Islámico se agrieta casi antes de nacer, mientras el Estado Islámico sigue impertérrito a lo suyo: matanzas a diario. Hasta un aguerrido Hollande reencarnado en De Gaulle pisa el freno. Tiraremos bombas, pero no enviaremos tropas terrestres a Siria, matiza. Eso es cosa de las fuerzas locales, aclara. En el eufemismo fuerzas locales se esconde el enorme potencial kafkiano de un conflicto irresoluble. ¿Quiénes son? ¿Los kurdos, únicos combatientes que han obtenido victorias sobre el ISIS pero son bombardeados por los turcos? ¿Los chiítas, odiados por los sunitas y mantenidos a raya por los americanos por su control remoto desde Irán? ¿Los llamados rebeldes moderados, entre quienes se agazapa Al Qaeda? Cada paso delante de alguna de estas facciones es contrarrestado con dos atrás para no romper un equilibrio de encaje de bolillos.

Mientras tanto, y pese a los bombardeos, la zona es un centro neurálgico y millonario de contrabando. Petróleo, armas y drogas siguen circulando en medio del caos y llenan las arcas de los yihadistas. Nadie parece interesado en quién compra.

Es una guerra surrealista. A la medida de aquel Gila que con el casco enfundado levantaba el teléfono y preguntaba: "¿Es el enemigo? Que se ponga".

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