El nombre de la cosa (más sobre guerra y terrorismo)

La necesidad de aclarar cómo se llama aquello de lo que se habla a la hora de enfrentarse a cualquier problema

30.11.2015 | 00:54
Niños sirios en un campo de refugiados en Jordania.

En un interesante artículo publicado en un periódico nacional el pasado día 17, a propósito de los atentados de París, Bernard-Henry Lévy invitaba a dejarse de sutilezas y llamar a las cosas por su nombre: al pan, pan, y al vino, vino, escribía. Por fin, alguien se daba cuenta de que, ante cualquier problema o dificultad, lo más sensato es aclarar primero cómo se llama aquello de lo que se habla.

Y en pos del objetivo, el filósofo y ensayista francés decía dos cosas: primero, que esto es una guerra; de nuevo tipo, sí, pero guerra. Y aquí no se alejaba de lo que hemos leído o escuchado estos días, desde el presidente Hollande hasta los periódicos y, por ende, la calle. La segunda petición, referida a la necesidad de llamar a las cosas por su nombre, aludía al concepto de enemigo: "Quien dice guerra dice enemigo. Y a ese enemigo no solo hay que tratarlo como tal, es decir (las enseñanzas de Carl Schmitt), verlo como una figura a la que, según la táctica escogida, se puede engañar, hacer dialogar, golpear sin hablar, en ningún caso tolerar, pero sobre todo (enseñanzas de San Agustín, Santo Tomás y todos los teóricos de la guerra justa), darle, también a él, su nombre auténtico y preciso. Ese nombre no es terrorismo".

Lástima, me ha desilusionado: el resultado del análisis no ha cumplido mis expectativas. Porque si estamos en guerra porque este es un enemigo, pero también es un terrorista, significa que el terrorismo es una forma de guerra, dándole así la razón a tantas generaciones de terroristas que nunca han sido reconocidos por los estados (español, alemán, italiano, británico) como bandos de una lucha armada sino como simples y brutales criminales asesinos. Y esto plantea un problema desde la perspectiva reivindicada, porque si aceptamos un contexto bélico, ya que conscientemente elegimos la palabra "guerra" para explicar el marco, llamar a alguien enemigo implica, desde que existe el "Estado" e incluso en la tradición representada por ese hermoso himno que es La Marsella, reconocerle algo, esto es, derechos y obligaciones.

En esta dirección van, en realidad, las enseñanzas de Schmitt que Bernard-Henry Lévy invoca: a "ambas partes beligerantes les corresponde el mismo carácter estatal con idéntico derecho. Ambas partes se reconocen mutuamente como estados. De este modo, se hace posible distinguir entre el enemigo y el criminal. El concepto de enemigo puede adoptar forma jurídica. El enemigo deja de ser algo que ha de ser aniquilado". (El nomos de la tierra). Por tanto, calificar los atentados terroristas como acto de guerra equivale, en el paradigma occidental, a "dignificar" al contrario reconociéndole como formalmente igual y oficialmente como Estado. Enhorabuena: 1-0 para el ISIS.

Por otro lado, aquellos teóricos de la guerra justa y santos varones citados como acuñadores de conceptos verdaderos representan la doctrina que justificaba la guerra con argumentos especulares a los de los asesinos-suicidas enviados por el ISIS. Allahu Akbar (Dios es grande) gritan éstos; Sed etiam hoc genus belli sine dubitatione iustum est, quod Deus imperat (es además ciertamente justa la guerra ordenada por Dios), declaraba San Agustín. 2-0, porque al margen de que algunos creamos que ninguna guerra de religión tiene sus causas originarias en la religión (en esto soy ciceroniano y estoy convencido de que nervos belli, pecuniam infinitam), cuando se emplea el código religioso, como apunta Étienne Balibar, otro destacado filósofo francés (We're in the war, Il Manifesto, 18 de noviembre), el nivel de crueldad rebasa todos los límites ya que el enemigo se convierte en anatema, y esto es precisamente lo que a los desteologizados europeos nos aterroriza del terrorismo islámico. No parece inteligente seguirles el juego. Ni rentable, y a los hechos desde 2001 en adelante me remito.

Ahora bien, intentar entender un fenómeno atroz nada tiene que ver con la opinión miope de quien no tolera análisis rigurosos cuando moralmente solo procede cabreo y sed de venganza y por tanto, si te atreves a argumentar en frío eres poco menos que un cómplice y como mínimo un traidor a la patria (sería como decir que buscar durante semanas los motivos del gesto del piloto de Germanwings, que estrelló a más de doscientas personas, significaría justificarlo). Más bien al contrario, también considero que llamar a las cosas por sus nombres es la manera más eficiente para empezar a solucionar el problema.

Porque uno puede sentirse como cuenta John Grisham en El inocente que podían sentirse muchos policías norteamericanos después de la sentencia Miranda vs Arizona, en 1966, que reforzaba la quinta enmienda -que prohíbe forzar al imputado a declaraciones auto-inculpatorias- con una serie de obligaciones encaminadas a garantizar las posibilidades de defensa del acusado, como leerle sus derechos, informarle del derecho a tener un abogado, etc. Pues bien, esos policías potencialmente molestos por tener que respetar tanto a un delincuente se convirtieron pronto en estrictos cumplidores de la sentencia Miranda y de la quinta enmienda tras observar cómo se iban de rositas criminales confesos a causa del no respeto de tales garantías por parte del Estado. Moraleja: si quieres que cumplan condena, sigue la ley, no la homilía. Nos lo ha enseñado precisamente la Ilustración francesa.

Aunque no haya tenido apenas repercusión mediática, el pasado 3 de octubre, los cazas de la OTAN atacaron durante más de una hora un hospital de Médicos Sin Fronteras en Kunduz, Afganistán, cuya ubicación era naturalmente conocida por las administraciones civiles y militares, causando más de veinte muertos (de los que al menos doce eran médicos y diez pacientes) y varias decenas de heridos. Se trata obviamente de una violación gravísima del derecho humanitario. Imagino que todos los que ahora se suman a la campaña de llamar a las cosas por sus verdaderos nombres dejarán de considerar esto como un "error" o un "efecto colateral".

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