La crisis de los refugiados

Por un pasaje seguro... o la fábula de la Cáscara vacía

La coruñesa Laura Lizancos, de la organización Families4peace, relata el duro viaje que realizan los refugiados desde Grecia hasta la frontera con Macedonia

27.02.2016 | 01:39

Se han agotado las bolsas con toneladas de calcetines, bufandas, gorros, prendas de abrigo... Estamos bajo cero en Polykastro, un asentamiento para personas refugiadas, fagocitado a los terrenos de una gasolinera de la carretera a Macedonia.

Sin poder apartar cientos de ojos expectantes de mi, giro la cabeza sintiéndome culpable: ¡No tenemos que repartir caridad, tenemos que defender JUSTICIA!

Cierto, vivimos una constante pesadilla social, situaciones graves por doquier en nuestros barrios y comunidades. O en el entorno geográfico más próximo: el pueblo saharahui, las pateras que llegaban a nuestras costas. Pero parece que ha sido este desorbitado éxodo humano quien ha puesto en jaque la eficacia y compromiso de la Unión Europea.

El día ha sido brutal. Autobuses llegando sin parar. Toda la noche, por decenas. Tantos como antes zozobraban en botes en Lesbos. Vienen del puerto de Kavala. Proceden de Atenas o directamente de las islas de Lesbos, Chios o Leros o de la perdida Farmakonisi, retando al destino en embarcaciones de la muerte: mantenerse a flote en lanchas de plástico sobrepasadas por la carga ilimitada con el que trafican las mafias turcas. Esto va al peso, el del dinero: si regateas bien y tienes dos mil euros te embarcas, si no, te esperas a que haga mal tiempo y baje el precio. Y si quieres chaleco salvavidas pagas doscientos más. Si no, un trozo de polispán al que encomendarte, bastará para alcanzar la otra vida? si crees en ella.

La travesía desde Turquía es de todos conocida: salvar kilómetros sin patrón, o sin motor ni remos, la hipotermia, las devoluciones express si te apresan en el agua... Sálvese quien ¿pueda? Occidente tiene un escenario para la enfermedad y la muerte. En estas costas todo llega a la vez y en un instante, en tus brazos una, otra y otra más. Casi quinientas vidas perdidas desde inicio de año.

El camino sigue para los afortunados: sortean campamentos hacinados, zapatos rotos y ropas mojadas, escasez de agua y comida. Era la realidad de Lesbos hasta hace unos meses. Ahora, una inquietante pausa, acoge barcos militares expectantes en Mitiline. Ni los refugiados ni los propios voluntarios, nadie siquiera intuye lo que el futuro deparará: se dice que la ley del voluntariado europeo está siendo modificada: antes, eran voluntarios quienes saltaban al agua y trasladaban desde la orilla en coches de alquiler a los refugiados a puestos de socorro inmediato -también atendidos por sanitarios voluntarios- o se les trasladaba a los campos, también gestionados por manos espontáneas que servían plátanos, manzanas, agua y mantas... ahora muchos interpretan esta posible militarización como un deseo de alejar a voluntarios. ¿Acaso la realidad contada es aún más incómoda?

Los refugiados parten en ferries a Atenas o a Kavala, principal puerto de Maceonia oriental, al pie del monte Símbolo: como simbólica es la conducta de sus habitantes. Se reúnen en un eficaz mercadillo bazar gratuito, en el que aportan alimentos, ropas, enseres varios, esperando la llegada de estas barcazas rebosantes de refugiados. Se les acercan a ellos amistosos con una cantinela: "¡free, free!". Ellos no dan crédito: tras ser permanentemente esquilmados pueden abastecerse gracias nuevamente a la generosidad del pueblo griego, un país que sucumbe y se ahoga en su propia crisis, nos recuerda con su humanidad por qué ha sido y será la cuna y la esperanza de la civilización y la democracia. Una alumna de instituto, sin interrumpir su tarea de reparto en el puerto nos zarandea: "seguro que es muy complicado para los políticos arreglar esta crisis, pero, mientras tanto, tenemos que decirles a estas personas, que no tienen la culpa y que estamos aquí con ellos y para ellos".

El camino es largo, hay que buscar transporte. Tahúres les ofrecen sus autobuses: "el mío es más barato", "yo llevo a toda tu familia por 80 euros por persona hasta la frontera?" Los conductores zigzaguean carreteras y pasos cortados entre huelgas de trailers y tractores. Las horas se atraviesan , el bloqueo es continuo, los refugiados se desesperan. Saben que cada minuto es decisivo; marca la diferencia entre poder cruzar la frontera o que esta sea arbitrariamente bloqueada. "IS OPEN, OPEN?" Preguntan angustiados.

En tanto, la policía ordena una parada: hay un tapón en la frontera y tendrán que detenerse horas o días. En plena carretera. Sin agua. corriente. Con servicios de campaña. La comida la proveen voluntarios de sus fondos una vez al día, en el medio de una cantinela "lentils, soup, soup or lentils?". Las colas son interminables. Las miradas, agotadas, los cuerpos ajados evocan sonrisas, los niños no olvidan lo que son y se detienen a jugar con una cáscara de nuez en la tierra. No hay más. Nada más. Sólo muchos niños. Muchas madres solas con muchos niños. Las horas pasan y la zozobra continúa.El frío es atroz. Pequeñas hogueras recogen la música de un pueblo afable: los afganos cantan y bailan para todos. Contagian ganas de vivir? hasta que llega la melancólica canción con la que recuerdan a sus madres. De repente, ¡rápido!, hay que irse. Acaban de avisar que en una hora cierran la Frontera (o borde, como me corrigió el Alto Ciomisionado de las Naciones Unidas:"es más correcto llamarlo borde"... ¡menudo eufemismo!). Cuando llega el grupo de afganos cierran la frontera. Serán históricamente los derradeiros. La policía tiene orden de no dejar pasar a más afganos. Solo sirios. Pero no afganos. Esa es la arbitrariedad de quien a 2800 Km, en despachos de Bruselas, no mira a los ojos de estas personas, familias enteras, médicos, artistas, ingenieros, periodistas, maestras... abuelos y abuelas. Pero tan lejos no han escuchado sus historias: de cartas amenzantes, de raptos y agresiones viles e imborrables a sus madres o a hijos menores, cuanto terroríficamente reviven para contarte y que han motivado su huida.

Otros, preguntan cómo volver a ese lugar maldito y amado a la vez, ¡su tierra! Derrotados, quieren abandonar el camino. No tienen manera de pagar para seguir su huída hacia delante. Con la frontera cerrada, se encuentran en un limbo incógnito, en el que ni sueñan ya cómo salir. Ayer conocimos que dos afganos se han intentado suicidar en una plaza en Atenas.

La incompetencia manifiesta de nuestros políticos, preocupados por otros intereses diferente a la realidad social, nos defrauda. La acogida pautada se ha cambiado por vallas, por concertinas, por devoluciones express. Hemos elegido personajes que se refieren a estas personas como apestados que "alterarían el mapa étnico, cultural y religioso de Hungría" o ministros que apoyan devolverlos al mar para que se ahoguen ? ¿Son estos los profesionales capacitados para dirigir los destinos de Europa? ¿Quiénes son los verdaderos responsables de la crisis y del fracaso de Schengel?

En Francia, el campo de Calais -también llamado "la jungla"- ha sido varias veces parcialmente derribado con excavadoras y atacado con gases lacrimógenos. Allí viven en misérrimas condiciones cerca de setenta mil personas.

Miles y miles de niños y adolescentes viajan solos. El 60% de los refugiados son menores de 16 años.

No nos engañemos, todos estamos en la ratonera. Nuevamente Grecia, cuna de la de la democracia, nos abofetea con la frase de Mandela: "Si no hay comida cuando se tiene hambre, si no hay medicamentos cuando se está enfermo, si no se respetan los derechos elementales de las personas, la democracia es una cáscara vacía, aunque las ciudades voten y tengan Parlamento".

De una forma u otra, todos somos co-responsables del porvenir de esta infancia que ahora juega con la cáscara de nuez entre sus dedos. Ellos vivirán en Europa SU futuro. Y ese será también el nuestro

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