Charles Powell Historiador especializado en política española y director del Real Instituto Elcano

"Los americanos estaban muy intrigados con el calentón de Aznar con Bush"

"El mayor error de Occidente fue acabar con el Estado iraquí"

17.04.2016 | 01:40

Charles Powell (Madrid, 1960), hijo de inglés y española, historiador ligado a la escuela de Raymond Carr, experto en el devenir de la España contemporánea y director del Real Instituto Elcano, rememora con gracia el inusitado interés que le mostraban los estadounidenses cuando le preguntaban por las razones del asombroso "calentón" de Aznar con Bush. "No sabían cómo pagar" tan sorprendente fervor pronorteamericano del presidente español, comenta con una indisimulada sonrisa el responsable de la institución española de referencia para las relaciones internacionales y de política exterior. Powell enarbola la bandera de la utilidad social al justificar la razón del instituto que dirige, financiado en un 85% por la iniciativa privada, con cuatro ministros y el líder de la oposición entre sus consejeros y con el Rey como presidente de honor. Los dos principales ránkings del mundo para medir el éxito de los think tank son uno chino y otro norteamericano y entre los dos sitúan a Elcano entre los puestos treinta y treinta y tres. El barómetro de Pensilvania lo coloca en el puesto número diecinueve de Europa. Al analizar el papel de España en el mundo actual, el director de Elcano afirma que está en el puesto doce tanto por el tamaño de su economía como por su presencia en los medios de comunicación, un nuevo modo de medir la influencia de los países.

-Señor Powell, ¿qué capacidad de influencia tiene España hoy en el mundo?

-La tiene porque tenemos un Estado que funciona bastante bien y nuestro cuerpo diplomático es potente. Además contamos con el español como institución espectacular de presencia e influencia y somos una gran potencia turística. Hemos vivido la peor crisis de la historia de nuestro país y eso afectó a nuestra capacidad de influencia porque perdimos una credibilidad que tardaremos aún un tiempo en recuperar. Somos una potencia media de ámbito regional con la posibilidad de ser un actor importante por nuestra ubicación geoestratégica y nuestras relaciones históricas con árabes y sefardíes. Podemos convertirnos en un mediador relevante y un lugar de encuentro de distintas culturas, un espacio de entendimiento.

-Quizá deberíamos empezar por entendernos entre nosotros mismos, ¿no le parece?

-Pues sí. La Transición fue recibida en el exterior como un gran éxito y una sorpresa porque las expectativas que se tenían desde fuera no eran tan buenas. Lo que sucede en estos momentos en los que no se llega ni a formar gobierno es que hay más sorpresa interna que externa porque en España no estamos acostumbrados a los gobiernos de coalición, algo normal en el resto de Europa.

-¿Por qué no es posible ahora en España, dadas las circunstancias excepcionales en que vivimos, un pacto entre los dos grandes partidos para cumplir el mandato que han recibido de las urnas el pasado 20-D?

-Porque no estamos acostumbrados a las coaliciones. España es el único país de la Unión Europea que nunca ha tenido un gobierno de coalición. Hay que tener muy claro que a veces ganar no es gobernar, sino demostrar la capacidad que uno tiene para formar un gobierno de coalición y eso es una lección que no se aprende en tres meses. En estos momentos nos encontramos en un momento de aprendizaje. Si España fuese como Alemania ya habría habido una gran coalición PP-PSOE.

-¿Qué cree usted que va a pasar?

-Supongo que iremos a elecciones anticipadas. Todo el postureo al que estamos asistiendo tiene sentido para justificar unas nuevas elecciones.

-Pero el resultado de esos comicios puede ser muy similar al obtenido tras el 20-N, ¿verdad?

-Sí y además acarreará un creciente enfado de los ciudadanos. Los nuevos líderes políticos se están dando cuenta de que esto de estar en política es más complicado de lo que parece.

-Señor Powell, en Latinoamérica parece que estamos perdiendo el paso ante otros países más activos como Estados Unidos y Francia que reclaman un mayor protagonismo ante el futuro de Cuba y como consecuencia del desgaste del populismo en Bolivia, Argentina o Brasil. ¿Qué debería de hacer España?

-En Latinoamérica se produce un cambio de ciclo: la economía va a peor, pero la política mejora al caer los gobiernos populistas de países como Argentina o Venezuela. Sin embargo, las grandes economías como México y Brasil pasan por momentos difíciles. España debe de forjar unas relaciones más modernas con estos países, una relación de mayor continuidad y siendo consciente de que América Latina ha cambiado y rehuye la relación de dependencia que tuvo en las décadas de 1970 y 1980. La relación de España con los países de América Latina tiene que ser de igual a igual. Vemos que Estados Unidos se está desentendiendo de estos países mientras que Francia e Italia no pierden la oportunidad de reforzar su presencia empresarial en esas naciones.

-¿Qué futuro le ve a la Comunidad Iberoamericana de Naciones?

-Este organismo nació en 1991, en pleno prestigio español y declive latinoamericano. Las cosas han cambiado y la Comunidad Iberoamericana de Naciones se percibe ahora en América Latina como algo únicamente como una cosa española.

-Señor Powell, ¿puede capitalizar España haber sido el adalid de la política de austeridad en Europa?

-En absoluto, porque ha sido una política muy cuestionada en España y también en países como Grecia, Italia y Portugal. Los resultados han sido buenos pero el éxito no ha sido por la austeridad, sino a pesar de la austeridad. El pecho lo ha sacado España, en todo caso, al presentar los resultados ante Alemania.

-¿Por qué el Estado Islámico (EI) ha cogido a Occidente con el pie cambiado?

- Porque ha sabido aprovechar nuestra naturaleza en la que ha visto nuestras debilidades.

-¿A qué naturaleza se refiere?

-Somos países democráticos, tolerantes y abiertos a la presencia extranjera. El mayor error de Occidente fue acabar con el estado iraquí y no haber sabido crear un nuevo estado viable en Iraq. Eso ha fomentado la guerra entre suníes y chiítas. También tenemos que ver como un error nuestra mala gestión de la crisis en Siria. No nos gustaba Al-Assad, pero tampoco supimos reforzar a la oposición a ese régimen y envalentonamos a los más radicales. Por no olvidar la mala coordinación que existe entre los servicios de inteligencia y las policías de Occidente.

-¿Cómo tenemos que enfrentarnos al EI para derrotarle?

-Hay que derrotarles en el lugar de origen de este conflicto para resolver la situación de Iraq y Siria. Según nuestros expertos, los ataques del EI en Europa son expresión de su debilidad y de su desesperación por estar perdiendo parte del territorio que habían conquistado. Hay que ir, insisto, a la raíz del problema en un Estado nada viable en Iraq y en una Siria gobernada aún por Al-Assad.

-¿Es correcto intentar la caída de Al-Assad?

-Un señor que ha matado a miles de sus ciudadanos utilizando armas de destrucción masiva no me hace ninguna gracia.

-¿Qué opina del apoyo que está recibiendo de Putin?

-Lo único que le interesa a Putin es socavar a Occidente y a Estados Unidos para mantener el último vestigio de prestigio ruso que hay en la zona. Putin es un autócrata revisionista.

-Para cambiar de asunto. ¿Tenía razón su maestro Raymond Carr cuando rebatiendo a Edmund Burke y al Duque de Wellington consideraba las costumbres y hábitos de los españoles del momento como los de cualquier sociedad de consumo occidental?

-Lo que pensaba Burke es que España era una ballena varada en la costa de Europa. Y lo era en el siglo XVIII. Era la sombra de lo que había sido. Wellington no tenía buena opinión de nadie, quizás por ser irlandés, y lo único que le sorprendía de España era la ferocidad de sus guerrilleros porque pensaba que sus militares eran unos inútiles. Lo que vino a decir Raymond Carr es que si bien en la década de 1950 España era pobre, precaria y atrasada, en la de 1960 registró una extraordinaria transformación. Le sorprendía la rapidez con la que se incorporó a la modernidad y con cierto romanticismo echaba de menos esa España diferente que le había llamado la atención aunque huyendo de los tópicos folklóricos. Durante el siglo XIX, España fue políticamente precoz pero las élites liberales iban por delante de su tiempo. Con la Constitución de 1831 pasó lo mismo, era un texto admirable pero no tenía en cuenta la estructura socio-económica del país. La satisfacción vital de Carr fue ver cómo en la Transición convergieron el estado de madurez de la sociedad, las instituciones y la vida política del país.

-¿Cuál fue la gran lección aplicable a la España de hoy que le ha legado Raymond Carr?

-Como él pienso que hay que huir del catastrofismo antropológico, de ese pensamiento que dicta que los españoles no están hechos para la democracia. La Transición demostró que sí que estamos hechos para la democracia y de ahí nuestro prestigio durante las décadas de 1980 y 1990. La sociedad española ha cambiado tanto que creo que el gran reto ahora pasa por hacer la digestión de esos cambios.

-¿Qué papel juega la monarquía en la España de hoy?

-La monarquía es una de las grandes virtudes de España y sobrevive en los países más avanzados del mundo. La sociedad está en permanente cambio y la Monarquía proporciona un anclaje, una identidad, una razón de ser y facilita además la digestión del cambio.

-¿Siguen los intelectuales sin ejercer influencia alguna en la política española, como subrayaba su maestro?

-En cierta medida tiene que ser así. A Raymond Carr le fascinaba el enorme prestigio de Tierno Galván. Decía que en Inglaterra nadie votaría a un maestro para ser alcalde. Lo cierto es que en Inglaterra hay cierta oposición siempre a la elite intelectual a la que ven como paniaguados que viven a costa del prójimo. Carr admiraba también a Ortega y Gasset y veía a los españoles como tiernamente ingenuos por creer que los intelectuales importan. Durante la Transición sí que tuvieron su influencia que luego fueron perdiendo porque no tiene razón de ser.

-¿Es cierto que un discurso de Felipe González en Oxford, donde usted estudiaba, tras el 23-F de 1981, fue el germen de su libro El piloto del cambio?

-Sí. Mi idea era hacer una tesis doctoral sobre Jovellanos pero seguía al mismo tiempo con mucho interés todo lo relacionado con la Transición española. Felipe González llegó a Oxford tres semanas después del Golpe de Estado y solo fueron veinte personas a escucharle. Él estaba muy nervioso y dolido porque los españoles no se habían echado a la calle en la noche del 23-F. Se mostraba decepcionado. Tras esa visita aparqué a Jovellanos, hice la tesis doctoral sobre la Transición y surgió el germen de El piloto del cambio.

-Señor Powell, ¿cómo es la calidad de la actual democracia española?

-Según The Economist, que es mi Biblia, España ocupa el puesto 17 del mundo respecto a la calidad de su democracia. Italia está en el puesto 21, Bélgica en el 26 y Francia en el 27. España pasa ahora por un momento de crítica generalizada por culpa de la intensa crisis que ha padecido, pero su democracia se encuentra entre las más consolidadas del mundo y su Estado de derecho goza de buena salud pero existe un problema de percepción de la corrupción grave.

-¿Cómo es la corrupción en España comparada con la del resto de otros países de nuestro nivel?

-Vemos que en España no hay corrupción en la sociedad, sino que esta va ligada al sistema político y muy unida a lo que fue la burbuja inmobiliaria.

-¿Han sido los españoles transigentes con esa corrupción hasta que se les tocó el bolsillo?

-No lo creo. Los españoles por lo general cumplen siempre. Solo hay que ver cómo se pasó de la noche a la mañana de fumar en cualquier parte a no hacerlo en ningún espacio cerrado.

-¿Qué opinión tenía Kissinger de don Juan Carlos cuando España se debatía por abandonar la dictadura para dar paso a una monarquía parlamentaria, un tema que usted trata den su libro El amigo americano?

-Veía al príncipe de España muy verde, aunque no hay que olvidar que Kissinger es un pesimista que tiene muy poca fe en el ser humano. No creía que la democracia fuese a cuajar en España y menos cuando se produjo la Revolución de los Claveles en Portugal. Pensó que toda la Europa del sur se iba a ir al carajo. Quería que el Rey fuese poco a poco con las reformas, pero éste hizo caso omiso. Durante la crisis de 1975 con Marruecos a cuenta del Sáhara Occidental, Kissinger no quiso molestar ni a unos ni a otros. Pero hay que reconocer que al final se alegró mucho del éxito de don Juan Carlos.

-¿Por qué dice usted que Felipe González ha entendido muy bien a Reagan y a Bush?

-Felipe González ha sido el único capaz de hablar con franqueza a los americanos. Fue valiente y no sucumbió a presiones. Les dijo: 'Podemos tener visiones diferentes y ser aliados útiles si no nos tratan como menores de edad'.

-¿Cómo interpretaban en Estados Unidos el ferviente pronortemaericanismo de Aznar?

-Recuerdo con humor y tristeza que el Departamento de Estado norteamericano me preguntaba siempre por el calentón que le había dado a Aznar con Estados Unidos. No entendían el calentón de Aznar con Bush y querían saber qué le podían dar a cambio. A Aznar le hacía mucha ilusión su relación con Bush porque además estaba decepcionado con el proyecto europeo que lideraban Alemania y Francia. Se alió con Blair y su visión euroatlántica y se metió en una guerra que le daba igual que fuese en Iraq que en Camboya. Fue un error.

-La retirada de las tropas españolas de Irak ordenada por Zapatero produjo un gran enfado de Bush júnior. ¿En qué se tradujo ese disgusto con el entonces presidente del Gobierno español?

-Los norteamericanos le hicieron a Zapatero el más terrible y absoluto de los vacíos. Propagaron el mensaje de que España se había plegado por los ataques del 11-M y que éramos todos unos cobardes y unos traidores. El ambiente que se creó fue muy hostil con el mensaje subliminal de que lo íbamos a pagar. Sin embargo, la cooperación judicial y policial nunca se vio empañada por este conflicto.

-¿Cómo habría que abordar el problema catalán para conseguir una solución ampliamente satisfactoria para todos?

-Hay que buscar un nuevo encaje a Cataluña dentro del Estado español. El problema es más simbólico que otra cosa y habría que reconocer las especificidades catalanas haciéndolas compatibles con la unidad de España. Es un conflicto con un elemento emocional fuerte que ha llegado muy lejos. Rajoy ha sido excesivamente pasivo pensando que lo mejor era dejar que el problema se pudriese para reconducirlo con la recuperación económica. La economía se va recuperando y parece que el sentimiento proindependentista está en declive pero se han roto unas complicidades que serán difíciles de arreglar. Busquemos, como diría Ortega, un proyecto atractivo de vida en común.

-Con tantos problemas encima, acabamos España es uno de los países que más crecen del mundo. ¿Cómo es posible?

-Porque eso no es del todo cierto. Es el país grande de la Unión Europea que más crece por el efecto rebote de tantos años de dura crisis. Era inevitable. Pero si en 2015 crecimos un 3,1 %, las previsiones para este año es que el crecimiento no llegue al 3%.

-Y además, los españoles no sienten esa recuperación?

-Efectivamente. Ahora empiezan a subir los salarios un poco, pero un paro del 25% es mucho paro. El desempleo afecta además a personas con muchas dificultades para reengancharse al mercado laboral. Son parados de más de 45 años y de larga duración.

-Usted ha estudiado las contradicciones entre la política económica y la política social de los socialistas españoles. ¿Cuál es su conclusión al respecto?

-El PSOE llegó al Gobierno en 1982 con un programa socialdemócrata que no pudo aplicar durante buena parte del mandato porque se vio obligado a adaptar el Estado y la economía a las nuevas circunstancias española y europea. Se vio obligado a hacer unas amplias reformas que le consumieron gran parte de la década de 1980. Los socialistas habían heredado un Estado en una situación muy mala y no pudieron aplicar su proyecto social democrático. Ya en la década de 1990, Felipe González pudo impulsar las políticas de educación universal, de sanidad pública y de pensiones, pero será recordado siempre más por esa primera parte de recortes impropios de un proyecto socialdemócrata.

-¿Por qué considera que el centro-derecha ha sido más eficaz que la izquierda reformista en cumplir con las exigencias de modernidad, competitividad y seguridad de las clases medias?

-No es exactamente así. Lo que digo es que lo que hizo Aznar entre 1996 y 2004 fue construir sobre lo que ya había hecho el PSOE, ahondando en reformas y políticas liberalizadoras.

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