Fronda

16.05.2016 | 00:34
Fronda

Como ya se ha dicho otras veces en estas mismas páginas, el problema de Valls se llama Fronda. Con ese apelativo se conoce en Francia a los disidentes de cualquier bloque político. Los primeros frondistas fueron los nobles que, durante la minoría de edad de Luis XIV, trataron de impedir que el infante absolutista degenerara en adulto sátrapa. Los de ahora son los diputados más socialdemócratas del neoliberal Partido Socialista francés, que el miércoles estuvieron a un tris de presentar una moción de censura contra su jefe.

Al final no lo hicieron, y cuando al día siguiente el centro-derecha presentó la suya, los frondistas no la apoyaron; sin embargo,

Valls, que con ésta ya ha superado tres reprobaciones, nunca se había asomado tanto al abismo: ganó por sólo 42 votos, los que les faltaron a sus detractores para alcanzar la mayoría absoluta de la Asamblea Nacional (289).

El motivo, como se sabe, es la reforma laboral que el primer ministro decidió el martes aprobar por decreto, consciente de que un debate en la Cámara sólo serviría para certificar aún más la debilidad de su posición.

La ley le obligaba a demostrar dos días después que seguía contando con la confianza de la Asamblea. Se libró por los pelos. Y aun tuvo suerte, porque la jornada de protestas de ese día fue la menos secundada de todas las habidas las últimas semanas.

Hasta ahora, Valls se había valido de los centristas para tapar las vías de agua que le abrían los socialistas díscolos, a los que, por otra parte, necesita para sacar adelante proyectos de inspiración menos neoliberal.

Pero ahora los centristas también se le rebelan (y algunos ecologistas, y muchos neocomunistas), y veremos cómo se mueve en ese incómodo terreno un jefe de Gobierno que gusta tanto del toletazo y tan poco de la negociación.

Y todo por prestarse al juego de Hollande, que es un cadáver político. Aunque lo haya hecho por la grandeur o para curar al "enfermo de Europa", lo cierto es que el malheur le acosa. Y le aísla.

En eso no se parece a Rajoy, que no sabe de infortunios porque ni siente ni padece, y si tuviera frondistas los ocultaría en la espesura.

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