La zarpa yihadista y la nueva política de EEUU

30.06.2016 | 02:12

El brutal atentado con el que los yihadistas del Estado Islámico celebraron el martes por la noche -tras observar la jornada de Ramadán- el segundo aniversario de la proclamación de su califato islámico fue acogido de modo muy diferente en EE UU por los dos virtuales candidatos presidenciales.

El republicano Trump puso el acento en la necesidad de mantener "ese terrorismo horrible fuera de Estados Unidos", renovando así su idea de prohibir la entrada de musulmanes en el país, que hace semanas moduló a los que "vengan de países terroristas". Por su parte, la demócrata Clinton proclamó que la masacre recuerda a EEUU la necesidad de no retirarse de Oriente Medio.

Sin duda, la reacción de Clinton habrá sido acogida con satisfacción por quienes, desde las filas demócratas más intervencionistas y desde las filas neoconservadoras, hacen campaña para que la persona elegida como sucesora de Obama, sea quien sea, corrija la impronta multilateralista, diplomatista y de empleo selectivo de la fuerza puesta en marcha en 2009 por la Casa Blanca. Una política que, en cualquier caso, el propio Obama ya empezó a modificar en 2014, cuando la ofensiva relámpago del Estado Islámico llevó a los yihadistas a pocos cientos de kilómetros de Bagdad.

Esta campaña, sobre la que hace unos días llamaba la atención el exagente de la inteligencia británica Alastair Crooke, se plasma en un reciente informe del Centro para la Nueva Seguridad Americana (CNAS, think tank de la órbita demócrata), que es visto como posible borrador de la nueva política exterior de EE UU tras las presidenciales y representa un repliegue, matizado, a las posiciones unilateralistas de la era Bush.

El núcleo de la argumentación del CNAS es que, más allá del yihadismo, la gran amenaza para Oriente Medio es la pretensión hegemónica de Irán, que se ramifica hacia la Siria de Asad -de la que junto a Rusia es el gran aliado- y hacia el Líbano, vecino de Israel, en el que los chiíes de Hezbolá son actores principales. El mismo Irán del "eje del mal", claro, al que Obama reintegró a la comunidad internacional mediante la diplomacia.

En consecuencia, y contra la tendencia de la Casa Blanca a alejarse de Oriente Medio para centrarse en la amenaza de China, la próxima Administración debería considerar Oriente Medio como "región de interés vital para EEUU", mantener firme su presencia en la zona, y, en su lucha contra Irán, rechazar los intentos de los ayatolás de "demonizar" a Arabia Saudí y las petromonarquías del Golfo.

A Crooke le disgusta esa perspectiva y, en consecuencia, resalta con acierto la flagrante contradicción que subyace en, por un lado, combatir por todos los medios a los grupos yihadistas y, por el otro, apoyar a las petromonarquías del Golfo, de las que EE UU apenas depende ya en lo energético. Unas monarquías que han sido y son -además de aliados del Pakistán que nutre a los talibanes- los exportadores, a través de su red mundial de mezquitas, del neowahabismo que alimenta el espíritu de los soldados de Alá. Crooke lo deja ahí. Sin duda porque desbordaría los límites de su artículo el análisis del complejo papel motor que, tras la caída del Muro, desempeña en la política mundial la lucha contra los grupos yihadistas.

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