Francia, un polvorín convertido en diana para los grupos más radicalizados

El psiquiatra Julio Bobes duda del "efecto llamada" como motor de acción terrorista y apunta a "conductas psicopáticas" de jóvenes influenciables

17.07.2016 | 01:33

Difícil, por no decir imposible, tratar de explicar lo que pasa por la cabeza de alguien capaz de tomar un trailer y lanzarlo a toda velocidad contra una multitud indefensa.

Desde la lógica del ser racional el asesinato masivo e indiscriminado de hombres, mujeres y niños, antecedente inmediato de la muerte propia, nos sugiere una deriva mental. Es la explicación más cercana de "lo" inexplicable desde la óptica del cerebro (más o menos) amueblado. La locura puede generar maldad, y la intensidad máxima de esa maldad desordenada degenera en locura. Cóctel perfecto para matar.

Para el psiquiatra asturiano Julio Bobes, catedrático de Psiquiatría en la Universidad de Oviedo, el perfil de Lahouaiej Bouhlel, de 31 años, encaja dentro del espectro de "conductas psicopáticas" y asegura que es importante conocer antecedentes "de otras alteraciones comportamentales", si es que las hubo tal y como afirma su familia (hermana y padre).

Uno de los elementos a tener en cuenta tiene que ver con el efecto llamada, una especie de retroalimentación que puede influir en determinados individuos vulnerables: si este lo hizo, por qué yo no. Julio Bobes pone matices y dice que "el efecto llamada está hoy por hoy en discusión".

¿Terrorista o enfermo mental? No son en modo alguno conceptos disyuntivos. De hecho algunos de los perfiles de terroristas en los recientes atentados de París entraban de lleno en el mundo difuso de las patologías mentales serias. "Habrá que ver si el terrorista de Niza era alguien con un trastorno límite de personalidad", sugiere Bobes, que separa radicalmente el caso de este francés de origen tunecino y el de los protagonistas de los disturbios callejeros violentos, de los que Francia también es escenario habitual.

Se calcula que el país vecino tiene en sus censos unos cinco millones de musulmanes con problemas serios de integración, la mayoría jóvenes de segunda generación. Es una cifra que sirve para argumentar en parte por qué Francia se ha convertido en la diana preferida de terroristas en Europa: un caldo de cultivo social -y muy amplio- fácilmente manipulable que sin embargo no explica en sí mismo el fenómeno.

El Estado Islámico reivindicó el atentado, pero la acción del ciudadano Bouhlel responde más a una respuesta por libre a postulados que el IS vomita desde hace años por las redes sociales y que tiene un solo norte: hacer daño, cuanto más mejor. El modus operandi de los atropellos es una vieja sugerencia de los fanáticos, hasta ahora nunca puesta en funcionamiento.

El Estado Islámico se embarcó en una guerra a campo abierto que está perdiendo. Las sangrías del radicalizado de turno como el del jueves en Niza, le vienen bien para asomar la cabeza. El IS no prepara, pero sí se atribuye.

En Francia tiene donde escoger. Un país que integra mal, que es emblema del laicismo y de conceptos que desde este lado del mundo entendemos como consustanciales con nosotros mismos y desde las catacumbas se perciben como diabólicos. Francia es un polvorín, pero nadie en Europa está a salvo. De la banalidad del mal hablamos hasta hartarnos, pero ahora hay que enfrentarse a algo más crudo aún: la facilidad para llevarlo a cabo.

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