Mecha yihadista para Extremo Oriente

21.08.2016 | 01:19

Es muy posible que los 14 atentados con bomba que, entre el jueves y el viernes de la pasada semana, golpearon enclaves turísticos del sur de Tailandia matando a cuatro personas hayan provocado algo más que un leve escalofrío en los 150.000 españoles que en 2015 viajaron al destino asiático. Tailandia atrae cada año a más de 20 millones de turistas, en parte imantados por reclamos sexuales, y su industria del ocio consumía ya mucha energía, antes de los ataques, en luchar contra el aura de "destino mortal" generada por el alto número de extranjeros que fallecen en su suelo en extrañas circunstancias. Ahora, tras los atentados, se temen al menos 200.000 cancelaciones, pese a que las autoridades del país, controlado por el Ejército desde hace dos años, intentan limpiar las bombas de adherencias yihadistas y encuadrarlas en luchas políticas internas.

La bruma oficial no puede ocultar, sin embargo, las claras similitudes operativas entre los atentados de los días 10 y 11 y las acciones de la guerrilla islámica, bien implantada desde hace medio siglo en las tres provincias meridionales del país, pero reacia hasta ahora a tomar por diana a los turistas. Los rebeldes del Frente Nacional Revolucionario (FNR), que revitalizaron su lucha en 2004 tras una década de languidez y han causado desde entonces unos 6.500 muertos, reclaman la autonomía de unos territorios cuya población, además de no practicar el budismo, comparte identidad con sus vecinos malayos. No es posible precisar, sin embargo, hasta qué grado los rebeldes islámicos han llegado a entretejerse con el yihadismo, bien presente en Malasia.

Lo que sí se sabe es que el actual faro del islamismo combatiente, el grupo Estado Islámico (EI), ha ido extendiendo sus redes exteriores en los dos últimos años hasta atacar 28 países en 2015. Según el balance difundido en enero por la revista de Seguridad y Defensa Jane's, fueron 3.317 los atentados perpetrados el pasado año por el EI, un 50% más que en 2014 y el 17% de los registrados en todo el planeta. Y aunque el 92% tuvieron Siria e Irak por escenario, lo cierto es que el grupo tiene una presencia creciente en Extremo Oriente.



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Tailandia, Malasia, Indonesia y Filipinas parecen ser los países donde la voluntad del EI de exportar su guerra hasta los confines de Asia ha tenido mejor acomodo, a diferencia por ejemplo de Vietnam. Ya se ha visto que en Tailandia su banderín de enganche podrían ser los secesionistas del FNR. Si finalmente fuera así, los islamistas tailandeses estarían siguiendo el modelo de Filipinas, donde el grupo Abu Sayyaf busca desde 1991 el establecimiento de un califato islámico en islas del sur como Mindanao. Abu Sayyaf, que destaca por su dedicación al secuestro de navíos y turistas, juró fidelidad al EI en julio de 2014, apenas un mes después de que su líder, Al Bagdadi, proclamara el califato en los feudos de Siria e Irak. Su última acción conocida ha sido el degüello de dos noruegos capturados en un complejo turístico.

Los casos de Malasia e Indonesia, a los que el EI ha declarado la guerra en vídeos propagandísticos, son diferentes. Malasia, estado laico con un 60% de población musulmana, está regido por Najib Razak, un turbio personaje de cuya familia han salido al menos tres de los seis primeros ministros que ha tenido el país. Razak, embarcado en una deriva autoritaria y ejecutor de políticas neoliberales, protagoniza una intensa lucha contra el EI, que tiene o ha tenido en sus filas más de un centenar de malayos y que el 28 de junio se estrenó en el país lanzando una granada (ocho heridos) en el club nocturno Movida de la capital, Kuala Lumpur.

En cuanto a Indonesia, el país islámico más poblado (250 millones de habitantes), es la joya con la que sueñan los yihadistas. Por las filas del EI habrían pasado unos 500 combatientes indonesios, de los que más de un centenar habrían regresado al archipiélago, de 17.500 islas, en el que los terroristas quieren establecer el centro de un califato regional.

Indonesia, estiman los expertos, vive su nivel de actividad yihadista más alto en una década. Cierto que Bali, gran destino turístico, fue escenario en 2002 del primer gran atentado tras el 11-S (202 muertos, 164 extranjeros) y que en 2004 fue atacada la embajada australiana en Yakarta (nueve muertos). Pero desde los atentados de 2009 contra varios hoteles de lujo de la capital frecuentados por extranjeros (nueve muertos), el país se había calmado.

Sin embargo, el pasado enero, un grupo de yihadistas quiso remedar en Yakarta los atentados parisinos del 13-N. Solo gracias a su impericia quedaron reducidas a siete (cinco terroristas) las víctimas mortales. Desde entonces se han sucedido las detenciones, salpicadas de ataques como el que el 7 de julio se cobró la vida de un terrorista en una comisaría de Solo (Java), la ciudad natal del presidente indonesio.

Esta extensión de la actividad del EI a Extremo Oriente solo tendría, por el momento, un interés taxonómico si no fuera porque Tailandia, Malasia, Indonesia y Filipinas conforman el límite sur del mar de la China Meridional, a menudo conocido a secas como mar de China. Y el mar de China es uno de los escenarios centrales de la sorda batalla que libran Pekín y Washington por la futura hegemonía mundial. Hasta el punto de que analistas proclives a hacer resonar las armas pronostican que, de haber una guerra entre ambas potencias, ese sería su escenario.

El mar de China, siete veces más extenso que España, concentra un 30% del comercio marítimo mundial y el valor de las mercancías que lo surcan se estima en cinco billones de euros anuales. Pero, además, está sembrado por miles de islas e islotes cuya soberanía se disputan todos los países ribereños, empezando por la propia China, que reivindica el 90%. Y mientras EEUU acusa a los chinos de militarizarlo, construyendo infraestructuras bélicas en sus islas, Pekín reprocha a Washington la concentración creciente de navíos de guerra en sus aguas. A lo que EEUU, que planea desplegar allí el 60% de su flota en 2020, responde que solo sus buques garantizan la libertad de comercio en el área.

En este escenario de alta temperatura, la Corte de Arbitraje de La Haya dictó el pasado 12 de julio una sentencia, favorable a una reclamación jurisdiccional filipina, que disparó la tensión -y los precios de los seguros marítimos-- al privar a China de argumentos para sus reclamaciones. La réplica de Pekín ha sido una escalada verbal que, el pasado día 2, incluyó la negativa a reconocer la legitimidad de la Corte, así como un llamamiento a la población china a estar preparada para una guerra en el mar.

En paralelo, la maquinaria bélica norcoreana, una de las armas que China utiliza para hostigar a Estados Unidos, se puso de nuevo en marcha, azuzada por la decisión de Washington de levantar en Corea del Sur un escudo antimisiles. Pekín lo considera una amenaza para sus intereses y para los de Rusia. Así que el día 3 Pyongyang lanzó dos misiles de alcance medio, uno de los cuales impactó en aguas de jurisdicción económica japonesa. Desde entonces se suceden los movimientos cada día.

El último llegó esta misma semana, al anunciar Corea del Norte que reanudará la producción de plutonio para armas nucleares, a lo que Corea del Sur contestó con un magno despliegue artillero en la frontera común. Son solo ejemplos de un cóctel explosivo mucho más denso. Una mezcla a la que los estrategas del Estado Islámico, cada vez más acogotados en Siria e Irak, han decidido añadirle unas dosis de sus propios ingredientes.

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