Alá y el rey se reparten Marruecos

14.10.2016 | 01:12
Alá y el rey se reparten Marruecos

Los islamistas y el entorno político de Mohamed VI se adjudicaron los mejores resultados en las elecciones legislativas celebradas hace una semana en Marruecos. El primer ministro, Abdelilah Benkirán, a la cabeza del islamista PDJ, que se proclama moderado, salió reforzado de las urnas con 125 de los 395 escaños en juego, 18 más que en la legislatura anterior. Benkirán, a quien el Monarca ha encargado la formación del nuevo gabinete, se convierte así en el primer jefe de Gobierno investido por las urnas que encadena dos mandatos en Marruecos. También, detalle a retener, es el único islamista que, cinco años después de las revueltas de 2011, se mantiene al frente de un Ejecutivo árabe.

La única fuerza capaz de hacer sombra a los islamistas ha sido el PAM (Partido de la Autenticidad y la Modernidad). Formación vinculada al Rey, el PAM ha completado un importante salto adelante al pasar de 47 a 102 escaños y arrebatar de este modo el papel de segundo grupo al histórico Istiqlal. Este partido de notables protagonizó el proceso de independencia (1956), estuvo vinculado durante décadas a la dirección del país y hoy, signo de los tiempos, se hunde lentamente mientras hace buenas migas con los radicales salafistas.

El resto del Legislativo queda en manos de una panoplia de partidos entre los que Benkirán tendrá que buscar aliados para conformar una mayoría parlamentaria y en la que las fuerzas vinculadas a las protestas de 2011 apenas cuentan con dos escaños. Las urnas han dejado, pues, en Marruecos un puzle político en el que el bipartidismo PDJ-PAM convive con el reparto de casi media cámara entre una legión de pequeños partidos.

Dos constataciones se imponen, sin embargo. En primer lugar que, pese a la reforma constitucional acometida por Mohamed VI en 2011 para hacer frente a la primavera árabe, lo cierto es que la parte más consistente del poder sigue en manos del Monarca, quien se reserva el control de los ministerios estratégicos, cediendo al partido ganador los "importantes" y dejando para sus socios minoritarios los "testimoniales".

Buena prueba de esta dualidad Palacio-partidos la han dado las tensiones entre los islamistas y el ministerio del Interior en los días previos a las elecciones. Los islamistas, cuya cultivada imagen de moderación suele obligarles a mantener en relativa sordina sus críticas, se quejaron alto y claro de las dificultades que imponía a la campaña y a las votaciones el autoritarismo real, plasmado en ese "núcleo duro" del Ejecutivo que en Marruecos se conoce como tahakoum.

En segundo lugar, el primer partido de Marruecos es, de lejos, la abstención. El pasado viernes alcanzó el 57%. Si a este dato se suma que en el reino alauita es preciso inscribirse en el censo electoral para ejercer el voto, y que sólo lo han hecho unos 15 de los 28 millones de marroquíes con derecho a sufragio, la participación real queda por debajo del 25%. Súmese además el inusual porcentaje de votos blancos y nulos, próximo al 20% y atribuido al analfabetismo y a la voluntad de protesta, y se tendrá un panorama que dista eones de la normalidad democrática.

En todo caso, los resultados muestran que los islamistas no han pagado precio alguno por un quinquenio de Gobierno -marcado por algunos zarpazos yihadistas- que arroja pobres resultados en todos los órdenes, empezando por el económico. Lejos de ahí, las urnas revelan que la dialéctica modernidad-tradición, que antaño enfrentaba al Istiqlal con los hoy casi irrelevantes socialistas y comunistas, se ha transformado en un duelo islamistas-Palacio.

Paradojas de la política, Mohamed VI, jefe religioso y cacique mayor de Marruecos, sólidamente respaldado por EEUU y Francia, representa ahora mismo la salvaguarda de la modernización y el anclaje en Occidente. Frente a él, los islamistas, apoyados en sus redes clientelares religiosas y asistenciales, asumen el papel de víctimas del autoritarismo monárquico y se configuran como la encarnación local del populismo. El mismo populismo que intoxica a Occidente, pero en versión rifeña y teocrática.

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