Fidel Castro Muere un icono revolucionario

Mariela y el castrismo sin Fidel

La hija de Raúl Castro anticipó en 2007, durante una visita a Gijón, que el futuro del régimen cubano será "una responsabilidad colectiva" del Partido Comunista

01.12.2016 | 01:13

Ahora que los restos de Fidel Castro son conducidos por la Gran Antilla en un recorrido inverso al que el comandante hizo cuando derrocó a Batista al frente de los guerrilleros de Sierra Maestra, la pregunta mantiene su pertinencia: ¿Es posible la continuidad del castrismo sin Fidel Castro? Es una cuestión que lleva debatiéndose, en realidad, desde hace años. La idiosincrasia del líder máximo de la revolución cubana, aquel acontecimiento que polarizó las miradas del mundo y llegó a calentar la Guerra Fría, ha sido la marca de agua de un peculiar comunismo a la caribeña que ha resistido, contra pronóstico, invasiones militares, duraderos bloqueos económicos y hasta el derrumbamiento casi ecuménico del sistema mismo al que se acogía. Y a tan sólo noventa millas de Florida, el espejo capitalista. Una supervivencia a costa de mucho sufrimiento y de altas dosis de orgullo nacionalista. Ni un paso atrás, pero con el gran José Martí (recuerden aquello de que sólo los poetas fundan naciones) y la bandera como último refugio.

¿Qué pasará una vez despedido el cortejo fúnebre del comandante en jefe, después de las preceptivas jornadas de luto? Mariela Castro Espín, hija del actual presidente Raúl, el heredero de Fidel, y de la carismática guerrillera Vilma Espín, anticipó este momento hace casi una década. Fue en Gijón, donde se cultivó durante años (los de la socialista Paz Fernández Felgueroso en la Alcadía y Jesús Montes Estrada, de IU, como concejal influyente) una relación especial con La Habana. Por la mayor ciudad asturiana pasaban cada pocos meses cubanos de distinto perfil: desde el último acompañante del Che Guevara aquí o allá, hasta el mismo primogénito del comandante en jefe. Se mostraban agradecidos por las guaguas asturianas que circulaban por Cuba y firmaban acuerdos sobre una cosa y otra.

Mariela Castro, entonces directora del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), estuvo en Gijón en marzo de 2007, cuando se especulaba, un día sí y otro también, con la muerte de Fidel Castro a causa de una complicada enfermedad y los muchos años de uniforme verde oliva, a pie en la plaza de la Revolución. Viviría una década más y sólo dejaría la primera secretaría del Partido Comunista de Cuba (PPC) en el 2011.

Pero en aquellos meses de incertidumbre y runrún (los rumores sobre la salud del comandante han sido otro arma al servicio de la desestabilización o de la afirmación, según de donde procedieran) empezó a ensayarse la fórmula que se aplicaría más tarde (la asunción interina por parte de Raúl, el controlador de los hilos y del escalafón militar) y a esbozarse un primer intento de transición política: del castrismo al castrismo sin Fidel. Si hay alguien que ha heredado el ADN de los Castro (el de Raúl, su padre, y el de Fidel, su tío) es Mariela, aunque la querencia por la política y la revolución también puede venirle de su madre Vilma. Locuaz, afable, pude hablar con ella aquel 21 de marzo de 2007, en Gijón, casi una hora. Respondía rápido y convencida a todas las preguntas y regaló una perla, recogida en una entrevista en la que hay, creo yo, una de las claves de lo que la propia familia Castro y los guardianes de la ortodoxia fidelista defenderán ahora que el Comandante ha muerto, confirmando definitivamente los rumores de siempre. Le pregunté por una Cuba sin Fidel y esbozó, en unas pocas palabras, todo un programa: "Se producirá un hecho biológico: la desaparición física, que no espiritual, de Fidel".

Mariela Castro explicó que la grave enfermedad de su tío había permitido esbozar lo que podía ser Cuba sin su líder todopoderoso: "En el primer momento sí hubo susto y todo el mundo se sintió preocupado; hasta disminuyeron los delitos. También se demostró la gran madurez del pueblo cubano". Insistió en esa idea de prueba general para el posfidelismo: "Es difícil de decir, pero ya se ha hecho un ensayo. Echaremos de menos, sin duda, su carisma. Fidel ya no estará nunca fuera de la realidad cubana porque es la referencia". No cabía duda, en su opinión, sobre quién pilotaría la etapa posterior a la desaparición del Comandante: "el Partido Comunista". "La responsabilidad es colectiva".

Cinco años antes, un 20 de marzo (parece que era el mes preferido por los vástagos de los Castro para visitar Asturias), quien anduvo por Gijón fue el hijo mayor del Comandante. El parecido físico de Fidel Castro Díaz-Balart con su padre era evidente, aunque aquél era entonces más grueso y hasta vestía una atrevida camisa de rayas. Su hermetismo y discreción, rayana en la timidez, contrastaba con la jovialidad y el verbo oceánico de su progenitor. Se notaba que no se sentía cómodo cuando se le preguntaba por cuestiones políticas, aunque tampoco las rehuía: "Estoy a gusto en el mundo académico, no en el político". Doctor en Ciencias Físico-Matemáticas, traía bajo el brazo un par de libros de su cosecha y visitó el Parque Científico Tecnológico de Cabueñes. Defendió algunos de los logros de la revolución cubana: "Ha elevado la sanidad y la educación a los niveles de los países desarrollados". Nada que ver con el sentido mucho más político y militante de su prima Mariela.

Consumado el "hecho biológico", según la expresión que utilizó la sobrina de Fidel, queda por saber si aquel ensayo general del que hablaba Mariela Castro en Gijón será el guión a seguir en los próximos años (un posfidelismo sin transición, tutelado por el PCC) o si el castrismo, por el contrario, se irá disolviendo en un proceso de calado y con el horizonte de la anunciada marcha, en 2018, de Raúl Castro, el principal albacea de la obra de su hermano.

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