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Cien días para caer del guindo

Las derrotas y las limitaciones del cargo hacen virar a Trump hacia el intervencionismo en sus primeros tres meses de mandato

30.04.2017 | 02:01
Trump en el Rose Garden de la Casa Blanca.

Donald Trump cumplió ayer cien días en la Casa Blanca. Cien días para caer del guindo, pues no puede decirse que este primer tramo de su presidencia haya robustecido las ideas aislacionistas que desgranó en su discurso de investidura, ni que en el tiempo transcurrido desde el 20 de enero haya podido materializar alguna de las "cosas absolutamente espectaculares" que prometió hacer por el pueblo norteamericano; y menos que ninguna, ese temerario proyecto de reforma fiscal que beneficia más a las empresas y a las rentas más altas que al sufrido trabajador blanco que le dio el triunfo el pasado noviembre.

El balance del magnate en estos tres meses es el de un novato de la política (osado e impredecible como ninguno, eso sí) que se ha estrellado con sucesivos muros. Él, el impulsor del muro fronterizo con México, ha visto frenada la mayoría de sus empeños (entre ellos, sin ir más lejos, el de esa contestada estructura). La conclusión podría ser: promesas electorales no son realidades, y menos en un sistema tan contrapesado como el de EEUU, concebido así, precisamente, para poner coto a las tendencias absolutistas que pueden tentar a quienes se sientan en el Despacho Oval.

Medios de comunicación, jueces y Parlamento le han recordado a Trump en este tiempo algo que seguramente no había percibido con tanta crudeza en toda su carrera empresarial: que uno no puede hacer lo que le da la gana. "Pensé que sería más fácil", reconoció este viernes.

Para colmo, aparte de los duros reveses padecidos en los tribunales y en el Congreso (aquí, por cierto, gracias a su propio partido, el Republicano), el magnate ha leído aireada, una y otra vez, la escandalosa conexión de su administración con el Kremlin, además de las luchas intestinas en su equipo más próximo, más parecido ya a un consejo familiar o un consejo de administración que a un consejo político. Revelaciones a las que él ha contestado con tuits incendiarios que pasarán a la historia; así, la afirmación, sin pruebas de ninguna clase, de que su predecesor, Barack Obama, le espió después de vencer en las urnas a Hillary Clinton, amén de varios errores que sólo pueden achacarse a sus enormes lagunas en política internacional.

Sin embargo, es hacia fuera hacia donde Trump terminó mirando cuando el cúmulo de fracasos y controversias en casa empezó a abultar. Para compensar unos y otras, y las protestas ciudadanas, que no cesaban, y el índice de aprobación más bajo que se recuerda, el magnate viró hacia el intervencionismo y no dudó en presentarse, en el mejor estilo republicano, como el gran gendarme del mundo.

Fue el pasado 7 de abril; estaba cenando en su mansión de Mar-a-Lago con su invitado, el presidente chino, Xi Jinping, y, mientras, 59 misiles caían sobre la base siria de Shayrat. Nunca, desde el comienzo de la guerra civil en ese país árabe, en 2011, había atacado EEUU las posiciones del régimen de Al Asad. Pero la espantosa matanza con gas sarín de cuatro días antes, atribuida a Damasco por todos los gobiernos civilizados menos por el aliado ruso, le sirvió en bandeja la oportunidad de marcarse un hat-trick. Y es que, con esa acción, el presidente metió tres goles: dejó a Obama como un pusilánime que no se atrevió a bombardear en 2013 por idénticos motivos, desvió la atención de sus problemas internos y marcó distancias con el Kremlin.

A falta de un saldo legislativo convincente, cazadora de comandante en jefe; ya se había visto antes, pero el America first del magnate tenía despistados a los analistas. Y como la fórmula resultó, siete días después, el 14 de abril, Trump ordenó lanzar sobre un nido infestado de yihadistas en Afganistán la bomba no nuclear más potente que atesora el arsenal patrio, la GBU-43, "la madre de todas las bombas". Dieciséis millones de dólares pulverizados en un segundo. Un centenar de milicianos del Estado Islámico muertos. La aprobación del mandatario sube tres puntos.

Es todo lo que le ha rentado, de momento, su súbita adopción del clásico intervencionismo norteamericano. Pero quizá Trump espera sacar más provecho de otro escenario: Corea del Norte. El presidente confía en la ayuda de China, aliado del hermético régimen de los Kim, y para ganársela no ha dudado en desdecirse de sus acusaciones de campaña: Pekín ya no sería ahora un enemigo ni un manipulador de moneda, sino un socio imprescindible para convencer a Pyongyang de que renuncie a su programa atómico.

Lo malo es que China no cree que la presión militar y la retórica belicista puedan resolver por sí solas el expediente norcoreano y Trump, en cambio, desdeña por obsoleta la estrategia de contención seguida hasta ahora por sus predecesores y advierte de que la posibilidad de un "gran, gran conflicto" con Corea del Norte ya no es descartable.

Puede ser la carta que se guarda para enfriar la temperatura interior, caso de necesitar una maniobra de distracción definitiva, pero no mientras la cercanía con Pekín sea la que es ahora, cuando alaba al "muy respetado presidente" Xi y acusa a Kim Jong-un de "faltarle al respeto".

Sin embargo, con Trump no hay nada seguro. Nunca. Estos primeros cien días de su mandato lo demuestran; cien días en los que ha chocado con la realidad y topado con las limitaciones del cargo, y renunciado a su ideal aislacionista, y confiado de nuevo en la OTAN... ¿Estará moderándose? Pese a su bajo índice de aprobación, un exiguo 43%, las encuestas dicen que sus votantes le siguen venerando y que volvería a ganar. No es poca cosa, pues en este tiempo ha faltado a sus más jugosas promesas de campaña: ha fracasado dos veces en su intento de vetar la entrada de musulmanes, no ha encontrado fondos para pagar el muro con México, se vio obligado a retirar la reforma sanitaria que iba a laminar la de Obama y, en vez de romper el Tratado de Libre Comercio con México y Canadá, anuncia ahora que lo renegociará, porque darle carpetazo sería "un golpe bastante grande para el sistema". Sistema, qué palabra en boca del presidente que venía a abolirlo. Persiste la pregunta: ¿estará moderándose?

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