Pedro I, Stalin y Putin, ídolos de San Petersburgo

Persiste la incertidumbre sobre la autoría del atentado contra el metro que el pasado mes de abril se cobró 14 muertos aunque sigue detenido un joven de Kirguistán

18.06.2017 | 01:32

Los ídolos de San Petersburgo, donde el escritor Alexander Puskhin falleció en un duelo y donde fue asesinado Grirori Rasputín, son hoy el zar Pedro I, su fundador, un renacido Stalin y el hijo predilecto de la ciudad, Vladimir Putin, quien en un claro proceso de reivindicación del poderío nacional iniciado tras la denostada Perestroika, quiere hacer a Rusia grande otra vez, con una letra y una música tan inquietantemente similares a las que suenan por otros lares, haya o no conexiones entre ellas.

Aún en estado de shock por los 14 muertos que se cobraron los atentados del pasado abril en la ciudad que vio nacer a escritores y músicos geniales como Fiódor Dostoieski o Piotr Chaikovski, no se sabe aún con certeza quién perpetró la barbarie en el suntuoso metro de la antigua Leningrado aunque el Kremlin se empeña en culpar a un joven de Kirguistán, antigua república de la Unión Soviética hasta 1991, vinculado, dicen, al Estado Islámico. La incertidumbre es tal que la oposición apunta a una calculada maniobra de Putin para desviar la atención, reforzar su autoridad y aumentar su control sobre la prensa, internet y todos los grupos que no comulgan con su peculiar forma de dirigir una democracia sui generis en un régimen capitalista fuertemente autoritario. "Sea quien sea el autor de este ataque, lo que está claro es que será un pretexto para controlar más a la oposición", denuncia Kirill Medvedev, militante anticapitalista del Movimiento Socialista de Rusia (RSD).

Una sutil censura frena a los periodistas a la hora de ejercer la crítica al Gobierno. "Mejor no dejar constancia en internet de tu rechazo a determinadas actuaciones de Putin", asegura un redactor que prefiere mantener el anonimato mientras la directora de la Casa del Periodista de San Petersburgo, Ludmila Fomicheva, no se oculta para negar la mayor con rotundidad y defender la existencia de una prensa libre en un país de 145 millones de habitantes que ocupan una extensión de más de 17 millones de kilómetros cuadrados y visitan al año 150.000 españoles.

"La tristeza está ahí pero no permitiremos que ningún radical nos atemorice", asegura a preguntas de Epipress Evgeny Pankevich, director de la oficina de Turismo de San Petersburgo, volcado en colaborar con la policía para blindar la capital cultural rusa que acoge este mes la Copa Confederaciones y será en 2018 una de las sedes del Campeonato Mundial de Fútbol. "La alerta antiterrorista está activada como ocurre en otros países", insiste cerca de una de las bocas del metro, uno de los más bonitos del mundo y el más profundo de todos, un "museo del pueblo", que Stalin ordenó construir para inaugurarlo en 1935 con estaciones llenas de mármoles, lámparas de araña y hermosos mosaicos, que el Kremlin exhibe como testimonios de un pasado glorioso de la Unión Soviética que Putin, nacido en la isla de San Basilio, se empeña en reverdecer.

Estatua de Lenin

Vuelve a brillar en la propaganda oficial la majestuosidad de las construcciones de los zares pero sin menoscabar los logros de Stalin, impulsor de la arquitectura constructivista que se alza a lo largo de la Avenida de Moscú y cruza la Plaza Moskovskaya donde se erige una enorme estatua de Lenin. Del tirano Stalin, un dictador más sangriento que Hitler, según Ryszard Kapuscinski, no queda ni rastro en esta urbe de seis millones de habitantes con 42 islas conectadas por canales que salen y entran en el río Neva. Pero Rusia parece querer resucitar ahora a Stalin, al que un 20% de los rusos ve como a un líder sabio y un 34% le agradece la victoria obtenida en la II Guerra Mundial, según una encuesta del centro ruso Levada en la que Gorbachov aparece como el político menos valorado de todo el país.

Los amables vecinos que encuentras por la calle veneran de nuevo también la etapa zarista traída aquí por el fundador de su ciudad, Pedro I, un pasado que concluyó de manera trágica cuando los bolcheviques asesinaron en 1918 a su último titular, Nicolás II, fusilado junto a toda su familia. Los dos zares descansan en la catedral de San Pedro y San Pablo, en la fortaleza donde nació San Petersburgo, muy cerca de la Plaza del Senado, dominada por El jinete de bronce, una estatua dedicada a Pedro el Grande a orillas del Neva que finaliza su andadura en el Golfo de Finlandia.

"Pedro I fue un zar muy inquieto, hábil en 14 oficios, y el que ganó la guerra a Suecia para conseguir que Rusia tuviese salida al Mar Báltico", explica orgullosa Maria Chistyakova, joven guía turística en la que fuera la capital de Rusia entre 1712 y 1918. Para alegrar la ciudad que apenas cuenta con 30 días de sol al año, Pedro I ordenó pintar las fachadas de las casas con vívidos colores que aún hoy en día animan el malecón del Neva, donde se erige imponente el Museo Hermitage, el antiguo Palacio de Invierno de los zares que ahora compiten en popularidad con el líder de la Revolución que acabó con la dinastía Romanov y con Putin.

La añoranza de un grandioso pasado de la Unión Soviética es más profunda entre los mayores, pero los jóvenes empiezan a ver también en Stalin, al que comparan con Putin, al político admirado, honrado y alejado de la corrupción que plantó cara y venció a los nazis en la Gran Guerra Patriótica. La sombra de Alemania renace ahora encarnada en Angela Merkel, a la que culpan de las sanciones impuestas por la UE tras la anexión de Crimea, que han acentuado la escasez y los numerosos desplazamientos a Helsinki, a 300 kilómetros de San Petersburgo, para hacer acopio de alimentos y medicinas.

A escasos tres kilómetros del Hermitage, emerge el Palacio de Moika donde en un esperpéntico complot de la envidiosa nobleza impulsado por el conde Félix Yusúpov fue asesinado en 1916 el temido monje siberiano Rasputín, dueño de la voluntad de la familia Romanov, para segar su influencia sobre la zarina Alejandra, esposa de Nicolás II, que fue fusilada junto a sus cinco hijos tan solo dos años después. "Antes de que mi cuerpo se haya convertido en cenizas, caerá el águila santa. Y será seguida por el águila soberbia", había profetizado el monje y curandero de la familia imperial anticipando el final de los zares y la llegada, en 1918, del comunismo.

Con la misma certeza vaticinó que las tinieblas caerían sobre San Petersburgo. "Cuando su nombre cambie, el imperio habrá acabado". Y así fue. Entre 1914 y 1924 se llamó Petrogrado; y Leningrado, entre 1924 y 1991, cuando perdió también la capitalidad de Rusia en favor de Moscú. Tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética esta elegante y sobria ciudad de cielos plomizos llenos de cúpulas de oro de las catedrales ortodoxas recuperó su nombre imperial.

Justo enfrente del Hermitage donde se guardan tres millones de objetos artísticos de valor incalculable está el nuevo Almirantazgo, el astillero construido por Pedro I donde sobresale con orgullo imponente el acorazado Aurora, emblema de la revolución de 1917, desde el que partió el 28 de febrero el disparo que envalentonó a los revolucionarios a la toma del entonces Palacio de Invierno de los zares.

"Los bolcheviques entraron en estos edificios y quemaron los retratos de los zares sin prestar atención a las obras de arte que aquí se guardan porque creyeron que no tenían ningún valor", explica Maria Chistyakova durante un recorrido por los cinco palacios que conforman el Hermitage, cuya excelente colección comenzó a fraguarse en la época de Catalina II la Grande (1729-1796), una duquesa alemana a la que la emperatriz Isabel casó con su sobrino Pedro III, luego asesinado por orden de su esposa que se convirtió así en zarina del imperio. A pesar de su crueldad, los rusos la adoran. "Era una mujer muy culta que hizo mucho por el desarrollo del arte y la ciencia en esta ciudad", añade la joven guía sin obviar la fogosidad sexual de la emperatriz, siempre ansiosa de disponer entre las paredes de su palacio de los hombres más apuestos de la época que acudían como rayos a la cita a través de la Avenida Nevsky, una calle de poco más de cuatro kilómetros que nace en la Plaza Dvortsovaya del Hermitage y muere a orillas del Neva del que toma su nombre.

Cúpulas doradas

En este recorrido aparecen edificios históricos, culturales y religiosos, que sufrieron primero la desconsideración comunista y después los brutales ataques de los nazis durante la II Guerra Mundial. Las cúpulas doradas de San Isaac, Kazan, San Nicolás y San Salvador fueron pintadas de negro para evitar la destrucción durante el devastador sitio de Leningrado (1941-1944), una época en la que los lugares de culto religioso, demonizados por los comunistas, ya se habían convertido en recintos del régimen ajenos a la oración.

"La catedral de San Isaac, construida con la ayuda de un ingeniero canario, Agustín de Betancourt, a partir de 1818, fue transformada por los comunistas en el museo del ateísmo, sus iconos quedaron tapados y la paloma que decora la cúpula dorada, la cuarta mayor del mundo, fue sustituida por un péndulo de Foucault", relata Chistyakova antes de visitar la Catedral de San Salvador, erigida sobre el lugar donde el zar Alejandro II de Rusia fue asesinado en un atentado en 1881. Durante la II Guerra Mundial, una bomba sin estallar cayó dentro de su cúpula mayor y permaneció allí 19 años.

Cristianos ortodoxos y devotos de la Virgen de Kazan, los rusos se sienten orgullosos de esta histórica ciudad repleta de señales de un pasado imperial que dio paso a una época que defraudó muchas promesas pero que también registró victorias inolvidables. Hoy parecen entregados a un presidente en el que quieren ver un pasado idealizado de la grandeza zarista y de la ansiada justicia stalinista.

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