La impunidad de los poderosos

 
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Soldados americanos destacados en Irak. / shawn hussong
Soldados americanos destacados en Irak. / shawn hussong 

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SAMI NAÏR. Acaba de desvelar El País el acta de las conversaciones secretas (rancho de Crawford, 22 de febrero de 2003) entre Bush y el entonces presidente del Gobierno español, José María Aznar, unas semanas antes de la invasión de Irak. Estas conversaciones confirman lo que todos sabíamos: la intervención estaba prevista desde hacía ya mucho tiempo, la legalidad internacional le importaba un pepino a Bush; Aznar, de acuerdo con emprender esta aventura, pedía "paciencia" a su amigo --justo el tiempo necesario para conseguir el apoyo de la opinión publica española y una resolución favorable del Consejo de Seguridad. Sabía que Bush no tenía pruebas de que Sadam Husein hubiera poseído "armas de destrucciones masivas"; sabía que su apoyo a la aventura americana iba a cambiar doscientos años de trabajo de España en el Mediterráneo; sabía que Sadam Husein había propuesto al presidente Egipcio, Hosni Moubarak, exilarse un mes antes de la invasión para evitar un baño de sangre a su pueblo; sabía, sabía pero se sometió - y hasta la fecha, nadie ha entendido porque España se avasalló así. El argumento de sus partidarios diciendo que España tenía que estar con los más fuertes, o sea EEUU, es doblemente trágico: da una idea humillante de los españoles, considerados así como aliados de la fuerza brutal en vez de la defensa del derecho y de la legalidad internacional; da una idea inquietante del pensamiento estratégico de Aznar que ni un sólo momento intuyó, aunque el hombre de la calle lo veía claramente, que los americanos y los ingleses iban a perder, a corto plazo, la guerra. Francia, Alemania, Rusia y China se opusieron a esta política mentirosa y rechazaron la propuesta americano-inglesa en el Consejo de Seguridad; la opinión pública condenó la violación del derecho internacional con manifestaciones mas importantes que las de la época de la guerra del Vietnam; pero, mientras tanto, empezaron Bush, Blair y Aznar (apoyados por el desconocido de la película, el entonces responsable político portugués Barroso) bombardear Irak.

Las repercusiones inmediatas están a la vista: destrucción de la nación iraquí; provocación de la guerra civil interna, apoyo a todas las fuerzas de división confesionales, más de 800.000 muertos, atentados sangrientos todos los días desde hace cuatro años, más de dos millones de iraquíes, según la ONU, en situación de huida migratoria, fracaso del ejercito norteamericano en el terreno; victoria estratégica de Irán, ahora principal potencia militar musulmana en Oriente Medio, odio infinito de la opinión pública musulmana y árabe en contra de los americanos y de "Occidente"; proliferación ideológica del islamismo radical; extensión generalizada del terrorismo fanático en contra de las poblaciones civiles por doquier... En resumidas cuentas: situación, efectivamente, de "choque de civilización". Pero ¿quién lo ha creado y dado tal magnitud sino los Bush, Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Tony Blair y José María Aznar? Cuatro años después del inicio de esta guerra criminal, las lenguas empiezan a desliarse. El que acaba de dar un toque final a la explicación sobre las causas profundas de la invasión norteamericana es sin lugar a dudas el ex presidente de la Reserve Federal Bank, Alan Greenspan, maestro de la economía estadounidense durante años y, por lo tanto, maestro indirecto de la economía mundial. Desvela a su vez, en sus memorias, que la causa de la guerra fue la voluntad, incentivada por Dick Cheney, el actual vicepresidente de USA, de conquistar el petróleo iraquí y ponerlo al servicio de los intereses estadounidenses. Fue entonces una guerra de rapiñas empaquetada en la retórica hipócrita y mentirosa de los derechos humanos a favor del pueblo iraquí. La máquina propagandista americana se puso en marcha con unas cantidades de mentiras y de amenazas nunca vistas antes; los sicarios de esta propaganda en los medios de comunicación trabajaban sin parar, pero la gente desconfió de esta grotesca manipulación. Me acuerdo de la intervención, en febrero de 2003 creo, de José María Aznar en el Congreso justificando la participación española a la guerra: decía que sí, sí, Sadam Husein poseía "armas de destrucciones masivas". El acta de Crawford nos enseña que Aznar sabía que no era la verdad. Lo más increíble es que esa ceguera en la voluntad de engañar a la gente no se detuvo en la tragedia iraquí: cuando ocurrió la catástrofe del 11-M, Aznar siguió equivocándose, hasta afirmar que los atentados eran obra de ETA y no de los terroristas de Bin Laden, mientras todo indicaba el vínculo con la presencia de tropas españolas en Irak. Algunos años más tarde, llegó a considerar que el enfrentamiento entre integrismo islamista y el mundo occidental (olvidando que este terrorismo se enfrenta primero y esencialmente a las propias sociedades islámicas) era fruto no de la destrucción de Irak sino de la guerra secular que los musulmanes empezaron, en la edad media, con "¡la invasión de España!" Así que, además de la catástrofe humana, recibimos una lección de historia fabulada...

Llamo la atención sobre este drama del siglo XXI no para recalcar hechos conocidos de todos, sino para plantear unas cuestiones sencillas: ¿Por qué el ladrón está condenado por haber robado pan pero los responsables políticos siguen en libertad después de haber hecho tanto daño? ¿Cómo se puede explicar a las opiniones públicas del mundo que existe el derecho cuando la única ley es la de este doble rasero? ¿Quizás es que los poderosos deben estar siempre por encima de la ley, cualquiera que sea el régimen político? En este caso, es obvio. Y sabemos el porqué: es que, así como lo indicaba el filósofo Blaise Pascal ya en el siglo XVII, "en vez de hacer que el derecho fuera fuerte, hemos hecho que la fuerza fuera derecho". A nuestro pesar. Y para nuestra desgracia.

Sami Naïr

Profesor invitado de

la Universidad Carlos III de Madrid

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