JOSÉ LUIS ALVITE
Siempre he creído que un hombre enamorado es el menos indicado para describir lo que siente por la mujer a la que ama, entre otras razones, porque el aturdimiento que produce el amor supera con creces a la sensibilidad que despierta en quien lo padece. Le ocurre al amante enamorado lo que mismo que al atleta al que sus propios jadeos le impiden explicar la carrera recién entrado en la meta. Es el enfriamiento y la distancia lo que facilitan el embrujo del relato. Por eso es en la desolación del fracaso donde encuentra el ser humano la inspiración para sus mejores recuerdos. Si uno prueba a describir un viaje reciente, lo hará probablemente con todo lujo de detalles porque lo tiene fresco en la memoria, pero no hay un solo viaje que no resulte más apasionante si en su recuerdo se interpone cierta confusión. La proximidad de un hecho impide su leyenda, igual que el exceso de datos perjudica la comprensión de cualquier historia cuya trama no sea el listín telefónico. Es obvio que el recuerdo de haber cenado con una mujer es más agradable en la medida en la que la belleza de tu acompañante crece a expensas de tu mala memoria y gracias también a que el paso del tiempo mejora la calidad del menú y devalúa su precio. La literatura permite administrar las pasiones sin necesidad de padecerlas. En el caso del amor, lo que ocurre es que se trata de un sentimiento que en vez de explicar las pasiones, las padece, con lo cual el amante se convierte en una víctima de lo que siente, lo que le lleva a considerar el amor como una especie de analgésico dolor que precisamente por ser indoloro nos impide identificar su origen. Los poetas consideran el amor un asunto ingrávido, casi místico, que se malograría al intentar justificarlo. Como no podía ser de otro modo, los poetas siempre le dieron más importancia al vocabulario que a la carne, y esa es seguramente la razón de que sus relaciones sentimentales acaben mal, no porque a ella no le guste que le regalen el oído con un verso, sino porque hay ocasiones en las que lo que espera la chica no es el roce de una buganvilla en la mejilla, sino un suave mordisco en la oreja, que es justo lo que no hace el poeta, siempre empeñado en su idea de un sexo clorofílico e intangible, rebosante de setos y azaleas, en el que a ella solo le cabe la remota esperanza de que irrumpa a escondidas el cabrón del jardinero con los ojos inyectados de esa sincera lujuria caballar que ellas solo consideran imperdonable si queda en nada. ¿Describe bien el poeta el amor? Está enamorado, sin duda, pero lo cuenta mal porque lo aturde la narcótica exuberancia de su botánica. Al poeta le pierde recitar los besos en vez de darlos. Se le da mejor escribir después del fracaso, lo que induce a pensar que la literatura es un adorable desperdicio del amor, esa compleja modorra emocional que nos priva del apetito y del sueño y nos mantiene aturdidos hasta que un día descubrimos que, por su posición en la tribuna, la carrera del hipódromo la cuenta mejor el espectador que el jinete. En cuanto al poeta, se trata de un señor algo flojo y muy abrigado que lo que en el fondo espera de una mujer no es ser su marido, o su amante, sino su accésit.
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