ÁNXEL VENCE
Afrancesados pese a que hace ahora dos siglos expulsamos erróneamente a las tropas de Napoleón, los gallegos bien podríamos alabarnos de ser los primeros en adoptar dentro de la Península el sistema de elección a dos vueltas característico de Francia. Ocurrió en los pasados comicios de 2005, cuando la tradicional indecisión de los galaicos derivó en un empate técnico -37 diputados contra 38- entre las huestes de Don Manuel y las de sus adversarios. Y hubo que desempatar en segunda vuelta, naturalmente.
Por así decirlo, la moneda no cayó entonces de cara ni de cruz, sino de canto: y tan insólita situación obligó a esperar durante una semana a que el recuento del voto de los emigrantes dictase sentencia. Por fortuna para todos, las sacas llegadas de América no alteraron el resultado. Fácil es imaginar la bronca que se armaría si los votos de Ultramar devolviesen a Don Manuel el trono perdido por decisión de los gallegos de este lado del Atlántico, que son los que pagan impuestos en Galicia.
La experiencia podría repetirse ahora y en el mismo lugar, si las ajustadas previsiones de las encuestas se aprietan hasta el punto de que la jornada del 1 de marzo no arroje un claro ganador. No es descabellado suponer, desde luego, que alguno de los dos bandos en conflicto -el partido conservador o la coalición de socialdemócratas y nacionalistas- se quede al borde de la mayoría absoluta, circunstancia que al igual que en junio de 2005, dejaría en manos de los electores de América la decisión sobre el Gobierno de Galicia. Mejor no imaginar siquiera la posibilidad de que, llegado el caso, los votos de la emigración cambiasen la decisión adoptada por los gallegos residentes en el propio país. Cualquiera que fuese el partido o partidos que sacase beneficio de esa anomalía, la nueva Xunta habría de nacer con la legitimidad ya cuestionada y bajo la pesada carga de la sospecha.
A menudo se habla -y no sin pruebas- de la existencia de votantes de ultratumba en Buenos Aires, Montevideo y otros lugares de la diáspora que salen puntualmente de sus sepulcros cada cuatro años para cumplir incluso después de muertos con sus obligaciones cívicas. Se dice también que otros, todavía vivos, votan sin saberlo gracias a las astucias de ciertos vivillos convertidos en agentes electorales y a la falta de garantías de un sistema que no hace imposible la suplantación de la voluntad del elector.
Infelizmente, nadie ha mostrado la menor intención de cambiar ese viciado procedimiento vigente en la Galicia de Ultramar por uno homologable al que existe en la de aquí. Ni Don Manuel en sus quince años de dinastía, ni sus sucesores en el curso de toda una legislatura han encontrado tiempo -ni sobre todo, ganas- para afrontar ese elemental trabajo de higiene democrática.
El resultado de todo ello es que los gallegos podríamos vivir de nuevo unas elecciones a la francesa -o a la plancha, con vuelta y vuelta- el próximo día 1. Si realmente fuese un sistema eliminatorio a doble votación como el francés, no habría sino razones para felicitarse. De Francia nos ha llegado tradicionalmente todo lo bueno: la Revolución Francesa, el liberalismo, la división de poderes, la Ilustración, la buena cocina, el excelente vino de Burdeos, el "francés" en sus diversas acepciones y hasta la fábrica de automóviles que mueve gran parte de la economía de Vigo y de Galicia. Lástima que el doble sistema de votación gallego basado en la dispar suma de los electores de aquí y los del extranjero no sea exactamente el mismo que los franceses idearon para depurar con más exactitud su voto en caso de que no haya mayoría absoluta. Aparentemente, estas podrían ser unas elecciones a la francesa; pero ya nos conformaremos si su desenlace no las aproxima más bien a las venezolanas. Por si sí o por si no, mejor será que no haya que desempatar.
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