RAMÓN FARRÉ
Es ésta una hora en que la izquierda huye de la redistribución de las rentas y por doquier acude presurosa al rescate de los especuladores financieros, acaso lo más salvaje del capitalismo. Una hora en que la izquierda es apenas invocación de izquierdistas, que al sol buscan, afanosos, su acomodo.
La izquierda cuca esconde su impostura tras una máscara de artificiales conflictos étnicos, lingüísticos, identitarios?, que hoy distrae mucho al buen pueblo previamente lobotomizado en la antiescuela.
Mientras, la izquierda lela, por empequeñecerse más, contribuye con incontables y graciosas pamemas a la disgregación de quienes no tienen otra patria que el salario.
Es ésta también la hora de Feijoo, presidente de la Xunta por la gracia de Touriño, a quien votar era tanto como votar a Zapatero.
No supo el bipartito despertar al país de aquel sueño de dinosaurios. Se equivocó gravemente y otros tendrán que hacerlo. Así, en esta hora que es la suya, el nuevo presidente asegura que viene a gobernar para todos. Sin reclamarse heredero de nadie ni proscribir cuanto de bueno se hubiera hecho. Legitimarse espera -más aún- por su acción de gobierno.
No estaría mal para empezar, mas habrá de ser su mano la que confirme o desmienta aquello que hoy es retórica y protocolo.
Sería necesario, antes que nada, haber acertado en la elección de las personas más capaces. La sociedad -todos nosotros- necesita que la dirijan los mejores, que no son -siempre y necesariamente- quienes acumulan más títulos académicos. Tampoco suelen serlo aquellos que, habiendo disfrutado la ocasión de aprovechar los medios que pusimos a su alcance, han escatimado el esfuerzo, han soslayado el estudio, han defraudado, en definitiva, su obligación de mil maneras y no obstante, enquistados en esa aberración política que son las listas cerradas y bloqueadas, aspiran con la mayor naturalidad a mangonearnos desde su nesciencia.
Hay muchos títulos ornamentales, títulos que no avalan solvencia. Conozco a un simple ungido con dos doctorados y yo mismo soy licenciado universitario. Tengo, pues, buenas razones para desconfiar de los títulos, pero tengo igualmente la certeza de que no se recoge trigo en los baldíos.
Ya en el buen camino, sería necesario evitar el disparate. Hemos ido creciendo ciegamente en él, a tal punto que lo consideramos normal, si no deseable. El de la cuota femenina sirvió para desacreditar a la mujer antes que para lo contrario. Con el voto emigrante se acometieron imponentes despropósitos y el plus de altos cargos fue desde su origen un monumental y provocador despropósito en sí mismo.
Respecto a las lenguas nuestras, no debiera caer el gobierno en tentaciones en que cayeron otros. No debe imponer, pero tampoco perseguir, que es ocioso empeño de subhombres. Hay modelos -el finlandés es muy reconocido- que constituyen una referencia tanto para que prevalezcan los derechos de los ciudadanos -mucho menos gaseosos- de forma que nadie pueda sentirse excluido, como para regenerar un sistema de enseñanza muy enfermo cuya mayor urgencia -que el malsano conflicto lingüístico encubre o disimula- es la pavorosa incompetencia de nuestros escolares. En castellano como en gallego.
Responsabilidad de los gobiernos es también desvelarse en una esmerada atención a nuestras lenguas porque de ellas dependerá, mucho más de lo que se dice, la vida futura de los ciudadanos que, todavía ajenos, están hoy en la escuela.
Déjense, pues, de aquellas mesas de tan coloridos callones y dispónganse a colaborar sin reservas con instituciones dignas y venerables -como la Real Academia Gallega- en la tarea de atrapar a muchos en los secretos que la lengua atesora para todos.
Si no del cielo, la palabra es la llave de la vida. Sin ella, la escuela, que es hoy un panem et circenses, será mañana un vivan las caenas.
?Y la escuela debe enseñar a andar sobre las horas.