JOSÉ MANUEL PONTE
En la ciudad donde resido hay un grupo de personajes que no paran de concederse medallas los unos a los otros so pretexto de presidir algunas entidades públicas o privadas. La rueda de reconocimientos está perfectamente establecida y raro es el mes en que no podamos leer en la prensa alguna noticia referida a la concesión o entrega de algún galardón al notable de turno. Unas veces, pongamos por caso, es el presidente de una entidad de ahorro popular el que distingue ad honorem al presidente de una corporación pública, y otras, es este último el que le devuelve el favor. Las medallas de oro van y vienen de una pechera a otra con tremenda liberalidad y más de uno tendría que empezar a hacerles sitio en salva sea la parte porque ya no les queda un centímetro de tela donde colgarlas. Y, mucho me temo que, si algún día tuvieran la ocurrencia de ponérselas encima todas juntas y a la vez, no pudieran ni andar abrumados por el peso de tanta chatarra. Los méritos intelectuales, artísticos o académicos de los galardonados son más que dudosos, pero ese aspecto de la cuestión no tiene la menor importancia. Ellos -y sólo ellos- tienen la facultad de concederlas y la aprovechan a su conveniencia. Todos habremos visto alguna película cómica en la que se ridiculiza al dictador bananero que se premia a sí mismo colgándose en el uniforme toda clase de medallas. No obstante, en este caso, debemos reconocer que la táctica del autobombo es más sutil. En el fondo, de lo que se trata es de dar una apariencia democrática y liberal a una situación oligárquica de facto que se prolonga desde hace años. Y siempre con los mismos personajes en el candelero. El hambre de honores y reconocimientos parece ser insaciable y ya hay quien ha sido nombrado hijo predilecto, hijo adoptivo, o hijo lo que sea, de casi todos los pueblos de una provincia, a modo de impuesto revolucionario. El penúltimo episodio de este medallero inacabable es la concesión de un conocido premio periodístico al anterior alcalde de la ciudad donde resido y actual embajador forzoso de España ante el Vaticano. El editor que le concede el premio y el diplomático circunstancial son íntimos amigos y eso se nota en los desmedidos elogios que le hacen. En uno de ellos, y bajo el expresivo titulo de El hombre que pudo reinar, se llega a decir que el personaje no llegó a ser presidente de la Xunta de Galicia y a presidente del Gobierno de España porque no quiso dejar su terruño donde ha dejado un imborrable recuerdo. No quiero ni imaginarme lo que pasaría si en esta ciudad habitase un don Santiago Ramón y Cajal redivivo, es decir, un hombre de verdadera valía. Posiblemente nada. Posiblemente se moriría de asco.