JOSÉ MARÍA ECHEVARRÍA
. n mi familia somos tan tradicionales que seguimos celebrando los cumpleaños. En días así el festejado recibe las felicitaciones de rigor y alguna que otra satisfacción gastronómica -los caprichines personales-, y obsequios sean materiales o formales, al estilo de poemas alusivos, canciones preferidas, etc. Se trata de que ese día, unas horas al menos, lo pase lo mejor posible. Recientemente, sin embargo, tuvimos la oportunidad de vivir una celebración muy especial pues el homenajeado estaba internado en un hospital. Todo fue extraordinario porque el enfermo, en su postración, nos dejó en la libertad de hacer con él lo que estaba en nuestras manos. Le honramos no unas horas, sino toda la jornada, un día y otro, incluso varias semanas. Aparte de las felicitaciones, no hubo canciones el pasado 4 de julio, ni poesías, ni dibujos, pero sí halagos, mimos y actos de servicio sin fin. Por las circunstancias -dieta absoluta- tampoco hubo chipirones ni cordero ni helados variados, que lo habríamos gozado en una hora y fuera, sino que el gozo se prolongó al poder servirle limpiándole, como telefonista solícita conectando con los que le quieren, como ángel protector de sus sueños y cabezadas. Hace días leía la protesta airada de una enferma pentapléjica que se quejaba a Dios preguntándole dónde está Él cuando los demás sufren, y ella misma se contestaba: la mano del Señor estaba en todos los que la servían. Seguro que las manos de Dios son más delicadas que las nuestras, pero eso es lo que intentábamos todos -tus familiares, médicos, enfermeras, auxiliares, celadores, etc.- absolutamente todos los que queremos ayudarte.