JOSÉ MANUEL PONTE
Algunos dirigentes del fútbol español encabezados por don Florentino Pérez, ese hombre providencial nacido para ilusionar al madridismo, han lanzado una propuesta para que los partidos empiecen a las tres de la tarde. Según explicaron, la medida tendría por objeto competir en el mercado audiovisual -sobre todo asiático- con otras ligas donde empieza a rodar el balón mucho antes que en la nuestra. La propuesta es indudablemente revolucionaria, pero choca con la costumbre española de comer en domingo casi a la hora de la merienda y luego prolongar la sobremesa hasta la cena. De hacer caso a lo que proponen don Florentino y los suyos, los aficionados al fútbol tendrían muy difícil conciliar una cosa con la otra.
Si tienen que estar sentados en el estadio a las tres de la tarde se pierden la comida familiar, y si se quedan en casa tendrían que ver el fútbol por televisión mientras comen, lo que dejaría las gradas desoladoramente vacías y a los equipos sin el aliento próximo de sus partidarios. La propuesta es revolucionaria porque puede alterar costumbres ya muy consolidadas. Durante los últimos treinta años, el desarrollo económico y la multiplicidad de la oferta futbolística televisada propiciaron una dislocación de los horarios tradicionales del fin de semana. Y, así, al retraso exagerado de la hora de almorzar se unió una oferta excesiva de partidos en franjas horarias distintas. Los sábados ya hay dos retransmisiones, una a las ocho y otra a las diez. Los domingos, una primera a las doce de la mañana (¿Qué fue de la entrañable misa de doce?), una segunda, a las cinco, otra a las siete y una última a las nueve. Y hubo un tiempo pasado en que también había fútbol en la pequeña pantalla los lunes.
Durante la etapa franquista, antes de que llegase la televisión a España y se dotase de iluminación eléctrica a los estadios, los partidos de la etapa invernal solían comenzar entre las tres y media y las cuatro de la tarde, para aprovechar la luz natural y no hubiese que encender hogueras para ver los últimos minutos del espectáculo. Entonces, la gente, que no tenía otros entretenimientos, ni otras excusas para no quedarse en casa a rezar el rosario, salía para el campo con la comida en la boca y hacía la digestión corriendo detrás del tranvía. Los tiempos han cambiado y el fútbol va camino de deslocalizarse y desenraizarse igual que el capitalismo.
Si los partidarios locales de un equipo ya no son el factor económico decisivo para su mantenimiento y han sido sustituidos con ventaja por contratos de televisión en Asia, para qué vamos a respetar sus horarios de comer ni sus costumbres de familia. Otro asunto es cómo llenamos las gradas para darle calor humano al equipo. No dudo que a don Florentino se le ocurrirá algo.