JOSÉ BARROS GUEDE
Amparo, que trabajaba de cigarrera en el taller de la primera planta, a solicitud suya, pasa a trabajar en la planta alta, donde el trabajo y la compañía le agradaban más, y desde donde se divisaba el mar y entraba abundante luz y aire. En el taller de abajo, las cigarreras eran generalmente madres de familia aldeanas agobiadas que ganaban el pan de su hijos; mientras que en el piso de arriba, las cigarreras eran coquetas y llenas de ilusiones que lucían lindos palmitos y rostros juveniles.
Amparo encuentra en esta planta muy buena acogida y halla dos amigas. Una, llamada Guardiana, huérfana de padre y madre, con cuatro hermanos enfermos, uno epiléptico, dos raquíticos y una niña sorda-muda, a los que nada les faltó desde que Guardiana era cigarrera, pues todas las cigarreras, especialmente Amparo, se preocupaban por su alimentación y cuidado. La otra amiga era Ana, llamada la Comadreja, por su figura y ademanes. Frisaba los treinta años, menuda de cuerpo, pelirroja, pecosa, presumía de estar bien emparentada y relacionada. Las tres amigas juntas trabajaban junto a una ventana que daba al puerto.
Ana, la Comadreja, confesaba que ella tenía un capitán mercante que le traía mil monadas y regalos de sus viajes y que proyectaba casarse con ella. Guardiana manifestaba que ella no soñaba con tener novio, porque, decía, ¿qué marido iba a cargar con sus hermanos enfermos? Amparo les insinúa que un señorito militar le seguía a ella alguna vez por las calles. Sus amigas reconocen que es Baltasar Sobrado. Ana le advierte: ese lo que quiere es pasar el tiempo, los Sobrados son unos avaros y miserables como la sarna, la madre abrasa a su marido a celos, y ella y el tío son capaces de llorarle a uno el agua que bebe.
Amparo que oía atónita lo dicho por Ana, la Guardiana le advierte: en esa familia todos son iguales, cortados por misma tijera, y tu señorito Baltasar Sobrado, tu adorador, hace la rosca a la chiquilla de García, una empalagosa que no piensa más que en componerse y no sabe dar una puntada. Ana, la implacable Comadreja, le sigue diciendo: Borrén, el amigote de Baltasar, el de los bigotazos, es un baboso con todas, a todas nos dice algo, y el caso es que no se queda con ninguna, pero tú, Amparo, tienes otro obsequiante, el barquillero. Sorprendida ella exclama: Chinto, aquel animal que parece una patata cruda?, mujer, hazme más favor.
Sin embargo, el aldeano Chinto era el que le hacía la labor casera, atendía a su madre tullida y encamada, le daba vueltas en la cama, le sacudía los jergones, la sacaba del lecho, la tendía en un sofá y fabricaba y vendía barquillos, pues su padre, el señor Rosendo, se encontraba cansado y sofocado. Chinto era una panacea universal de las tareas y males domésticos y un comodín servible y aplicable a cuanto se le ofreciese. Lo gracioso del caso era que siendo tan útil e indispensable, no había criatura más maltratada, insultada y reñida que él. Llovían sobre él todos improperios, burlas y vejaciones proferidos por Amparo calificándole y definiéndole como a un mulo. Chinto, que solía fumar las colillas de los cigarrillos que encontraba, cierto día había bebido un baso de vino de más. Amparo, al verle, le dice: ¡maldito!, vete de ahí, que nos apestas, anda, pellejo, despabílate y te largues, que no se aguanta ese olor. Su madre tullida que oye esto, alzando los brazos y escandalizada como si ella solo viviese agua, le advierte a Chinto: como otra vez te vea yo así perdido de vino, he de decirle a Rosendo que te arree una tunda con la correa, ¡mocoso, chiquilicuatro y vicioso! Amparo le empuja al portal, y resignado optó por acostarse.
Lo único que sentía confusamente Chinto era no poder ver a Amparo, pues pasmosamente enamorado se entretenía mirándola, pero, para ella, hija y ciudadana hasta la médula de las calles de Marineda, Chinto era un idiota.
Amparo observaba que las cigarreras pueblerinas eran las menos federales y menos calientes, llenas de escepticismo y picardía ante la República. Tachadas de ávidas, tacañas y apegadas al dinero gozaban de detestable reputación. Sus paisanas de Marineda que se jactaban de rumbosas se preciaban de mejores madres. Sin embargo, todas, unas y otras, estaban de acuerdo de que ¡no más quintas para el servicio militar!
Ante ello, Amparo les manifestaba: miren ustedes, eso de que arranquen a una de sus brazos al hijo de sus entrañas, y lo lleven a que los cañones lo despedacen por el rey, ¡clama al cielo, señores! Por eso, decía: queremos que la República, la santa República democrática federal, venga a España. Con ella, seguía: Marineda será capital, y a Madrid se le acaba la ganga, ya no nos chuparán la sustancia, porque se va hacer una cosa magnífica que se llama descentralizar, y veremos después cómo se le baja el orgullo a la Corte. Terminaba perorando y exhortando: ¡Si es inicuo y absolutista lo que está pasando! ¡Ciudadanas, es preciso sacudir el yugo tiránico con nobleza y energía cuando venga lo que se aguarda! ¿Eh, chicas?