PONTE (Y SEGUIDO)
No hay nada más parecido a un cementerio que la caja de seguridad de un banco, donde reposan en paz los dineros, las joyas, o los documentos que conviene no tener a la luz del día. Suelen ser recintos estrechos, angostos, en los que sólo pueden moverse por riguroso turno los titulares de los nichos acompañados por el funcionario que dispone de la llave. E igual de agobiantes, por reducidos, suelen ser los pudrideros de los panteones reales. Los reyes de España disponen de uno en una cripta de El Escorial especialmente siniestro, lo que nos hace deducir que el corazón del Estado alimenta bien a los gusanos.
A las cajas de los bancos se suele acceder por un portón metálico, fuertemente sellado con cerrojos y mecanismo de precisión, como en las prisiones construidas para albergar a los criminales. Ir a meter dinero en una caja de seguridad requiere un protocolo parecido a visitar una cárcel. El carcelero de los dineros tiene que asegurarse de que sólo la persona interesada entra con él en el recinto, y después de cerrar la puerta por un tiempo, viene a rescatarlo para salir. La tipología de los clientes es muy variada y sus objetivos también. Hay quien alquila la caja de un banco para guardar ganancias ilícitamente adquiridas y quien la tiene para preservar documentos comprometedores. E incluso hay quien lo hace por un tiempo para darse importancia y aparentar, aunque en el interior de la caja sólo guarde recortes de periódicos.
La diferencia entre la cárcel donde metemos el dinero y la cárcel donde metemos a las personas es obvia. En el primer caso, los dineros -que son el supremo valor social- permanecen dentro, instalados confortablemente, aunque tengan un origen criminal. Y en el segundo, los que quedan dentro son los llamados criminales por robar el dinero a quien no lo tenía bien guardado, cualquiera que fuese la causa por que lo tuviere en su poder.
En esta fotografía, un tanto fría y desoladora, puede verse a un empleado de la banca vienesa hurgando en una caja para comprobar los mecanismo de seguridad. Al inicio de la actual crisis financiera internacional hubo mucho movimiento en torno a estos establecimientos. El funcionario que mete la mano en el hueco tiene más aspecto de empleado de una morgue que de empleado de un banco. El dinero, al contrario de lo que le sucede al cuerpo humano, cuando muere no se pudre. Simplemente se volatiliza. No sirve ni para alimento de los gusanos.