ANDRÉS CEPADAS
Aquí ha dejado de ser largo y cálido el verano, querida Laila. Hay lugares donde parece que el estío sigue siendo cálido al menos, pero en Galicia, ni largo ni cálido.
Es paradójico que, aún aumentando nuestra esperanza de vida, tengamos menos tiempo, sintamos menos su paso y se nos escape entre las manos a velocidad de vértigo. Ni siquiera los inviernos son largos, aunque se repitan, como aquí, todos los meses del año. Pasan las semanas más rápidas que los días y, cuando te das cuenta, estas apurando el sábado, muy pegadito al fatídico lunes, que se percibe como el inicio de una cuesta arriba de la semana que, sin embargo, pronto se precipita en un nuevo fin de semana efímero. No da tiempo ni a contar los días y, cada poco, tienes que recurrir al calendario para saber en cual vives: "¡Coño!, pero si ya es viernes? ¡Joder!, y treinta y uno".
Los meses, querida, que un tiempo fueron lentos, largos y se distinguían tan bien los de treinta de los de treinta y uno, ahora son todos iguales y se acortan al ritmo endiablado de las hipotecas, de los plazos y de los recibos que se repiten a velocidad de vértigo y cuesta Dios y ayuda evitar que se acumulen, se amontonen y te ahoguen. Es como si un mes se solapara sobre otro y pasara a tener más importancia el día quince que los días uno o treinta y uno. De hecho, hasta las escuálidas nóminas se adelantan. Antes las cobrabas a primeros de mes y ahora te las abonan los últimos días del mes anterior, quizá porque los siempre rácanos pagadores son también los cobradores y temen que no te de tiempo a pagar tus deudas eternas.
Con lo años pasa igual, pero resulta más inquietante porque son la medida de tu vida y, en un plis-plas, te encuentras en la edad de tu padre, ya muerto, aunque tu apariencia sea más joven y tu salud mejor. Pero sabes que los años no pasan en balde. De hecho hay un pueblo en España que intentó, a la desesperada, alargar los años celebrando en el mes de agosto siguiente el fin de año anterior, pero la realidad cruda los está llevando inexorablemente a la celebración adelantada del fin del año en curso porque, tras unas cuantas celebraciones, se desconcertaron y ya no saben que fin de año conmemoran realmente. Este encogimiento de los años está afectando gravemente a políticos, estrategas y planificadores que se desconciertan y ven como los plazos de sus programas pierden pié y sentido. Esto debe ser lo que está pasando con el baile de plazos en grandes proyectos como el AVE o la Ciudad de la Cultura.
Lo lógico en una situación así, querida, sería alargar las vacaciones, para estirar el tiempo a base de ocio, que nos vuelve más contemplativos o pasmones, pero la presión constrictiva del tiempo nos lleva a todo lo contrario y todo el mundo sabe que este año el personal ha visto mermadas drásticamente sus vacaciones. Hasta El Rey, nuestros presidentes, ministros y conselleiros, que tienden al eterno descanso, han reducido su tiempo vacacional. Estos por falta de tiempo y los demás por falta de tiempo y de dinero, que también es tiempo como el oro.
En Galicia, además, el corto verano tampoco es cálido. Debemos de ser la excepción de ese calentamiento, que dicen global. Siempre fuimos un país bien diferenciado, a pesar de nuestra modestia, y también en esto damos el cante. Un amigo de mi hermana que, como se ve, soporta con inteligente ironía el extemporáneo invierno, decía que no debemos quejarnos del juliembre que hemos tenido. Me permito añadir que agostiembre no le va a la zaga.
Este verano, querida, mientras nuestros políticos pierden el tiempo y la sindéresis echándose los trastos a la cabeza por vía judicial, es preferible que los demás hablemos del tiempo, que es mucho más sensato y tiene más enjundia. Un beso. Andrés.