FERNANDO GONZÁLEZ MACÍAS
Cosa distinta son los tecnócratas, que actúan como una especie aparte. Pero los políticos de verdad lo son a tiempo completo, tanto los profesionales como los amateur. Si son de raza, no descansan nunca. Jamás desconectan del todo, ni siquiera cuando teóricamente están de vacaciones, ausentes de sus despachos. Antes al contrario, en ese periodo aprovechan cualquier ocasión, incluyendo las ferias y fiestas, las romerías y hasta las verbenas de pueblo para practicar durante el verano con frenesí una variante específica del populismo al que se consagran sin reparo a lo largo de todo el año.
Durante el mes de agosto resulta de todo punto imposible asistir a una cita festiva lúdico-cultural o simplemente gastronómica a la largo y ancho de la geografía galaica en la que no haya un conselleiro, un delegado provincial de la Xunta, un presidente de diputación, o algún destacado representante de los partidos de la oposición, dependiendo, eso sí y en cada caso, del color político del alcalde o vicealcalde anfitrión. No pocas veces, unos y otros coinciden en una convocatoria de las consideradas más importantes del calendario estival, aunque no sea el mismo día, ni a la misma hora.
Son las autoridades locales quienes los invitan. Lo hacen a sabiendas de que la presencia del político trae aparejado el interés de los medios de comunicación, televisión incluida, hacia eventos que de otro modo, y por sí solos, tendrían muy escasa o casi nula repercusión mediática. Y es que una fiesta o feria veraniega sin cargo público no es noticia, por muy arraigada que esté, y por más que concite una participación multitudinaria. Así funciona la cosa en esta Galicia que nuestra, de la que algunos reniegan, porque no la entienden. Y que conste que en esto no somos tan diferentes como se pudiera creer.
Ahora bien, el personaje político que se precie ha de tener claro que el mayor o menor éxito de su carrera está en relación directa y proporcional con el número y el rango de los acontecimientos festeiros a los que le inviten en su territorio. Es como un termómetro. Por eso, los recién llegados al club de la cosa pública aprenden a mandar recados a quien corresponda para hacerse invitar a las fiestas más relevantes de su entorno electoral, claro que sin demostrar demasiado interés, porque no resulta elegante y puede volverse en su contra.
La cosa se acentúa cuando se aproxima una convocatoria electoral, sea del tipo que sea. Entonces se producen auténticos overbooking de políticos en los campos de fiesta y los recintos feriales. A veces a las autoridades locales se las ven y se las desean para atenderlos a todos como Dios manda, sin desmerecer a nadie y con un mínimo de dignidad. No es el caso de este verano, porque no hay a la vista ninguna cita con las urnas. Aún así, los observadores más avisados advierten la presencia extraordinariamente frecuente de cargos públicos especialmente en convocatorias gastronómicas, que por razones obvias son las más concurridas y dicen que puede deberse a la necesidad que tienen los nuevos gobernantes, y sobre todo los flamantes líderes de Pesedegá y Bloque, de darse a conocer a la ciudadanía. Los Vázquez, don Pachi y don Guillermo, son hasta cierto punto nuevos en el cartel autonómico y bastante desconocidos. Acaban de tomar la alternativa como primeros espadas y para consagrarse no les queda otra que torear en todo tipo de plazas. Y en eso están.
Hace ya tiempo que la política ha quedado reducida a puro marketing. Se trata de vender una marca, unas siglas. Y para vender vale todo. Además de ofrecer el producto adecuado, las técnicas de venta han de adaptarse a la idiosincrasia de la potencial clientela. En Galicia se aprecia tanto o más al líder cercano, próximo y accesible que al buen gestor. De ahí que nuestros dirigentes se afanen, frecuentemente con notable sacrificio personal, en generar una imagen populista que les granjee la simpatía de los llamados sectores populares, de la gente de la calle. Lo lamentable es que algunos no se den cuenta de que esa actitud le cae como a un santo dos pistolas. Se nota mucho que fingen.