MATÍAS VALLÉS
La mayoría de gobernantes son elegidos para hacer las mismas cosas que sus predecesores, a lo sumo de distinta manera. Por definición de elección democrática, ningún votante pretende una revolución. También aquí constituye Obama la excepción a la regla. No fue aclamado para guiar la convalecencia de un país, ni siquiera su curación, sino un cambio de hábitos que dejara irreconocible a la sociedad que sucumbió al cuadro patológico. La orfebrería de sus discursos lo distinguirá para siempre de George Bush, pero no desató un seísmo planetario para inaugurar una era más prosódica. Cuando votan en nombre de todos los habitantes del mundo, los ciudadanos de América eligen al inquilino de la Casa Blanca por sus ideales. Sin embargo, a continuación no perdonan el idealismo en el ejercicio del poder.
Los segundos cien días de Obama han sido más duros que los cien primeros. Su figura encoge a cotizaciones racionales, por debajo del cincuenta por ciento. Sus defensores a ultranza -del talento de Andrew Sullivan, el republicano católico y homosexual que convirtió a su blog en un arma cargada de futuro al apoyar al actual presidente- recuerdan que el inquilino de la Casa Blanca libra una batalla a ocho años vista. El plazo concedido minimizaría las dilaciones, pero la escuela de Milton Friedman no le concede esa latitud. En La tiranía del status quo, el Nobel de Economía describe cómo un gobernante sólo dispone de seis meses, a partir del acceso al cargo, para poner en práctica sus innovaciones. Tras el periodo de gracia, cualquier propuesta será neutralizada por los altos funcionarios, que paralizarán al teórico propietario del poder. Sin tanta erudición, basta repasar los capítulos de Sí, ministro y su secuela.
Friedman basó su ensayo en un análisis de las trayectorias de Mitterrand, Margaret Thatcher o Ronald Reagan. Curiosamente, el tercero de los citados aparece como referencia en la autobiografía intelectual de Obama, por encima de Bill Clinton. En el calendario del controvertido economista, el actual presidente ha agotado su medio año de preeminencia. De hecho, lo clausuró con una rueda de prensa cuyo horario debió adaptarse a una entrevista con la estrella de un concurso televisivo. Para afirmar que la crisis económica está resuelta, se precisa un optimismo que no podría suscitar ni Obama en sus días de mayor gloria. Las energías alternativas deberán convivir con la nacionalización encubierta de General Motors y Chrysler. En sanidad, se salta de la prestidigitación al milagro de los panes y los peces. Más salud implicará menos coste, un excelente mensaje para la sociedad más obesa y adictiva de la historia.
Incluso la experiencia del predecesor de Obama concede verosimilitud al postulado sobre la victoria a medio plazo del status quo. La guerra de Irak no tiene nada que ver con el 11-S, como Estados Unidos aprenderá decenas de miles de muertos más tarde, pero ni Bush se hubiera atrevido a invadir Asia sin el 11-S. De hecho, la Casa Blanca no fue autónoma para bombardear las instalaciones nucleares de Irán, su último desvarío.
Obama descubrirá a su costa que no gobierna para proponer la visión correcta de un problema, sino para imponerla. No ha ocurrido así desde Honduras -un país tan insignificante que ni siquiera tiene petróleo- a Irán -con todo el petróleo del mundo-. Admitiendo que acertó en sus disparos letales a los tres piratas somalíes que amenazaban a un barco norteamericano, hay que sentirse muy cautivado por Obama para concederle progresos en Afganistán. A fin de medirlos, Washington propone una encuesta a los habitantes de ese país sobre el grado de corrupción y sobre la confianza que les inspiran las tropas afganas y de la OTAN. Sería burocráticamente más efectivo que la Administración norteamericana se limitara a leer el titular de la revista satírica The Onion: "Un afgano nervioso piensa que cada americano con una barba postiza trabaja para la CIA". Este fin de semana, el presidente americano celebra su primera gran victoria, la promoción de Sonia Sotomayor al Tribunal Supremo. Sin embargo, su candidata ha sido desgastada por la prevalencia de los aspectos congénitos sobre los jurídicos. Obama debe despertar, porque su compromiso reposa únicamente en su palabra. O mejor, en su voz. O mejor, en su imagen. Por desgracia, este siglo devora imágenes a mayor velocidad que los funcionarios descritos por Friedman.