JOSÉ MANUEL PONTE
En la tertulia del café hubo una discusión muy interesante sobre motos, a partir de la evocación que alguien hizo sobre una que había montado en su juventud. Creo recordar que era una Montesa. Las de esa marca eran muy apreciadas entonces por sus prestaciones y por el color rojo vivo de su depósito que las hacía muy elegantes. El que se dejaba notar ante las chicas evolucionando sobre una Montesa, ligaba seguro. Al menos esa era la impresión general. En cierto modo, la moto vino a sustituir al caballo como símbolo de distinción varonil y exponente de valor, destreza y poderío económico. No todas las motos, por supuesto, porque las había más modestas y proletarias como los velomotores, a los que había que ayudar dando pedales cuesta arriba, pero, en general, aportaban distinción. Sobre todo en aquellos tiempos de deambulación generalizada y poquísimos automóviles en las calles. Los cuatro afortunados que disponían de coche propio eran conocidos en la ciudad y alrededores. "Mira, ahí va el automóvil de don Fulano", se oía decir. Y más de cuatro coches aparcados juntos eran indicio de acontecimiento social. Un conocido mío que tuvo la desgraciada ocurrencia de pintar un cupé de color amarillo se vio obligado a venderlo porque el control popular sobre sus movimientos era agobiante. En ese ambiente miserable, un hombre joven con moto era un ser privilegiado, libre y de potente atractivo sexual, como los centauros. Yo ya me había olvidado de la mayor parte de las marcas de motos que existían entonces, pero los tertulianos, en un ejercicio fantástico de memoria, me las volvieron a recordar. Salieron muchísimas a colación y aún estoy seguro que faltarán algunas. Además de la antes mencionada Montesa, se habló de la Lube, la Norton, la Sanglas, la Rieju, la Derbi, la Peugeot, la BSA, la Guzzi, la DKW, la Bugatti, la Bultaco, la NSU, la Minsa, la Zunda, la Indian, la MV-Augusta, la Orbea, la Triumph, la Isso, la Sumbean, la Ossa y la Harley-Davidson, que era una rareza aristocrática. También se habló de la Vespa y de la Lambretta, pero en tono menor. La ventaja de estas dos era que propiciaron la compañía de la mujer. Subirse a una Vespa o a una Lambretta estaba mejor visto por los guardianes de la moral y de las buenas costumbres, especialmente desde que lo hizo Audrey Hepburn en el papel de princesa enamorada de un periodista (¿a qué me suena esto?) en la película Vacaciones en Roma. La moto es un vehículo que se declina siempre en femenino. Yo nunca tuve una ni nunca llegué a montar en ellas. Aún no hace mucho, mi buen amigo Gustavo Luca de Tena, gran aficionado a las motos, se ofreció a bajarme a lomos de la suya desde su casa hasta el núcleo urbano de Vigo y decliné amablemente la invitación. Preferí el autobús.