RUFO GAMAZO RICO
. sta es la cuestión: ¿se concibe un político sin vocación? Antes de contestar, convendría dilucidar qué se entiende por vocación y qué por política: concretemos los prenotados para meternos en harina, aconsejaban los escolásticos. Vocación y política son dos palabras muy serias que no todo el mundo interpreta igual. La tarea política, si es asumida como servicio al pueblo, es la respuesta consecuente y valiente a una vocación noble y meritoria; si está dirigida al medro del jefe y los suyos, es un turbio negociejo compartido; si aspira principalmente al poder personal, es una dramática ambición con pujos de absolutismo y apariencia de grandeza; ejemplo, el conde duque de Olivares, visto a través del estudio de Marañón. ¿Cuál es la clase a la que se adscribirían nuestros políticos? Son previsibles distintas adscripciones. Pero, aun teniendo en cuenta el desprestigio no siempre merecido en que ha caído el oficio, parece obligado, por ser de justicia, reconocerles a no pocos de estos hombres públicos voluntad manifiesta de servir; pero dudo que todos hayan legado vocacionalmente a la política.
No podía presumir de acendrada vocación política Carlos Arias Navarro; sin embargo, fue sucesivamente gobernador civil de León, Santa Cruz de Tenerife y Navarra, director general de Seguridad, alcalde de Madrid, ministro de la Gobernación, último presidente del Gobierno del Franquismo y primero de la Monarquía. Estudiante precoz, es bachiller a los catorce años y licenciado en Derecho, a los dieciocho. Doctor, gana unas oposiciones al Cuerpo Técnico de Justicia y es destinado a la dirección general de Registros y del Notariado. Su jefe, don Manuel Azaña, al felicitarle por un informe sobre los sefardíes y el pasaporte español, le tira los tejos: "¿No le interesa la política? Yo podría introducirle en mi partido". Arias contesta que no; sólo aspira a ser notario de Madrid. Pasada la guerra civil, es llamado a Secretaría General por Sancho Dávila, el cual le ofrece un puesto de gobernador civil. Arias declina el ofrecimiento: se encuentra muy a su gusto en su notaría de Andalucía. Sancho le advierte que no le va a señalar con un trapo amarillo como hacían los nazis, pero que se tendrá en cuenta su negativa. Arias, hombre muy propenso al cabreo, sale dando un portazo; en el pasillo se encuentra con su amigo el ministro Arrese y le cuenta el rifirrafe; Arrese lo calma: no se lo tengas en cuenta. José Antonio decía que la doctrina de la Falange era tan sencilla que hasta su primo Sancho la entendía.
En su larga carrera, Arias dio sobradas muestras de falta de encariñamiento con la poltrona política. En un momento de furia, presentó la dimisión que no le aceptó el ministro Alonso Vega, el cual lo consideraba un buen director: "¡Lástima, añadía, que sea algo republicano!"; nunca fue olvidado por el régimen el episodio de Azaña con "aquel jovencito que sólo quería ser notario de Madrid". En una ocasión, comparando Ayuntamiento y Gobierno, confesó a los periodistas que para él tenía mayor interés una Comisión Municipal que un Consejo de Ministros. Dos veces, presentó la dimisión al Rey; la primera espontáneamente; la segunda por inducción irresistible, agitado por el fuerte impulso soberano. Arias terminó su vida activa como notario de Madrid, la ambición de su juventud; no es el momento de jugar a futuribles e imaginar si hubiera sido mejor que se hubiese mantenido firme en sus calabazas a la política. "L.q.q.d.: lo que queríamos demostrar", como se decía en los escolares textos de Aritmética, es que la vocación no siempre es imprescindible para aspirar a cargos públicos. La política, argumentaba el cronista Saínz de Robles, consiste en arrastrar la carga con mucha fe y la fuerza que se tenga; una vez metido entre las varas del carro, el político no tiene más opción que tirar adelante. O sea, que la decantada vocación de servicio es un destino.