JOSÉ MARÍA ECHEVARRÍA
Seguro que los sociólogos han estudiado, e incluso habrán codificado con un término técnico, lo voluble de la condición humana en el ámbito de las exigencias y las satisfacciones. Y pongo ejemplos para situarnos. Tuvimos en esta esquina peninsular un mes de julio metido en nubes y borrascas; los dedicados al negocio veraniego estaban que trinaban; las familias con críos, ayunos de poder pasarse el día en la playa, no sabían ya qué entretenimiento ofrecer a su prole; leí un reportaje donde se demostraba que en este último julio sólo lució el sol en nuestra ciudad cuatro días; en fin, que entre cambios climáticos y demás zarandajas, esto era el acabose. También es verdad que, en medio del desastre, nos contentaba y daba cierta satisfacción enterarnos de que en el resto de la Península se asaban de calor, hostigados además por incendios brutales, mientras que aquí dormíamos plácidamente con una mantita ligera sobre el cuerpo. ¿Quién se acuerda de todo eso ahora que llevamos diez días seguidos con un anticiclón que nos regala días de sol limpio? Antes de ponerme a escribir esto, me he permitido el lujo de pasear a las 4 de tarde de un 18 de agosto entre pinos cerca de la isla de Arousa, y era una delicia pues la brisa dulcificaba el rigor veraniego de esas horas estivales, horas tantas veces sofocantes propicias sólo para una apacible siesta. Y todos contentos, turistas y paisanos, proclamando que no hay mejor sitio que Galicia para veranear.