ÁNXEL VENCE
Vaticina la afamada agencia de riesgo Standard & Poor's un derrumbe histórico de la economía gallega durante los dos próximos años; pero a cambio Galicia vuelve a refrendar su puesto de privilegio -y acaso de liderazgo- en la Liga de Bebedores de la Península. Puede que este viejo reino se esté hundiendo, pero al menos lo hace con alegría y una copa en la mano. Para que luego nos llamen melancólicos las gentes de más allá del Padornelo.
Da fe de nuestra devoción a Baco una institución tan severa y confiable como la Guardia Civil, que en este último puente de agosto pilló pasados de alcohol y de revoluciones a casi cien conductores gallegos por día. Tan fenomenal promedio de automovilistas soplados duplica al del resto de España y confirma -aunque no hacía falta- la irreprimible pasión por el morapio que afecta a los naturales de este país.
Tampoco se trata de una novedad en sentido estricto. Cuando Tráfico dictó hace cosa de unos dos años la Ley Semiseca actualmente en vigor, las fuerzas antialcohólicas de la Benemérita constataron que un 23% del total de beodos al volante eran vecinos de Galicia. Una proporción del todo desmesurada si se tiene en cuenta que la población de este reino apenas representa un 6% del conjunto de España.
La explicación más fácil y por tanto engañosa consistiría en que los gallegos se están dando a la bebida para olvidar sus desdichas económicas y los aún más aciagos pronósticos que acaban de hacer públicos esos cenizos de Standard & Poor's, quienesquiera que sean. La hipótesis resultaría atractiva de no ser porque los gallegos sabemos por cierto famoso chiste de Castelao que beber para ahogar las penas es inútil, dado que las muy puñeteras saben nadar.
Más verosímil parece la idea de que la afición -un tanto inmoderada- de los galaicos a empinar el codo forme parte de las costumbres ancestrales del país. Se cuenta que ya en tiempos de la antigua tribu de Breogán, los pobladores prerromanos de Galicia solían festejar la llegada de la primavera y el invierno mediante magnas bacanales en las que agotaban sus reservas de alcohol con ímpetu propio de bárbaros.
Los hábitos no cambiaron en absoluto con la llegada de los romanos, gentes sibaritas y de buen paladar que introdujeron en su Gallaecia la cultura del vino. Fruto de esa herencia son las numerosas órdenes de caballería etílica fundadas para rendir imparcial culto a los vinos y a los licores de alta graduación: desde la Serenísima Orden de la Alquitara al largo repertorio de asociaciones báquicas que defienden a capa y copa el honor del albariño, del ribeiro, del vino del Ulla y del amandi, por citar sólo algunos de los caldos del país.
Si a todo ello le agregamos las tres mil o cuatro mil fiestas gastronómicas que cada verano convierten a Galicia en una versión actualizada del Reino de Gargantúa y Pantagruel, fácilmente se entenderá el alto nivel etílico de los vecinos de este reino.
Verdad es que, salvo excepciones, casi todas ellas tienen como pretexto la comida y no la bebida; pero pocos gallegos -si alguno- aceptarían la idea de ingerir un cocido empapado en agua mineral o una mariscada en la que la gaseosa sustituyese al vino blanco.
Todo esto facilita grandemente la tarea de la Guardia Civil y demás cuerpos policiales encargados de vigilar la sobriedad de los conductores al volante. Basta cercar las salidas de Cambados, por ejemplo, el día del Albariño para que caiga en sus redes -es decir: en sus alcoholímetros- un buen cupo de automovilistas desavisados. Y luego, claro está, quedamos como borrachuzos en las estadísticas.
Tampoco vamos a deprimirnos por eso. Puede que los sobrios analistas de Standard & Poor's lleven razón y Galicia esté a punto de hundirse; pero al menos lo hará en vino, como manda la tradición. Lo que sí deberíamos abandonar es el vicio del coche.
anxel@arrakis.es