JOSÉ MANUEL PONTE
Una de estas tardes de agosto, calurosas, fui a darme un baño a la hermosa playa de Cabañas, en la desembocadura del Eume. Es un arenal largo, como de un kilómetro de longitud, orientado a poniente. A su espalda crece un frondoso bosque de pinos que hay que atravesar a pie para llegar hasta la arena. El preludio fresco y umbrío contrasta con la luz cegadora del sol que arranca destellos deslumbrantes al agua del mar. El visitante que llega allí por primera vez queda fascinado por la belleza del lugar, que es una síntesis casi perfecta entre un rincón tropical y un tranquilo y civilizado lago suizo. Siempre me he preguntado por qué la gente se vuelve loca por viajar hasta el lejano Caribe a pelarse la piel y a ser comido por los mosquitos cuando tiene tan a mano varios sitios como éste. La gran ventaja de las rías gallegas, tanto del norte como del sur del país, es que disponen de arenales orientados a los cuatro puntos de la rosa de los vientos, y hay una playa idónea para cada hora del día, a muy poca distancia las unas de las otras. En cambio, en el Cantábrico, desde la Estaca de Bares hasta la frontera francesa allá por Fuenterrabía, todas las playas están orientadas al norte y la mayoría de ellas flanqueadas por abruptos acantilados, con lo que desde el mediodía la sombra se come la mitad del arenal y no apetece el baño vespertino. Pocas cosas habrá más agradables que ver, cómodamente tumbado en una toalla, el lento viaje del sol hacia el ocaso mientras uno se deja acariciar la piel por su calor declinante. En verano, la playa es un espacio de ocio y alegría desde el que es difícil entregarse a pensamientos tenebrosos. Sin embargo, de vez en cuando ocurren sucesos trágicos y algún bañista se ahoga o fallece súbitamente de un infarto. La otra tarde, mientras paseaba, pude observar a lo lejos grupos de gente parada y mirando en la misma dirección. Al acercarme, vi a un hombre en bañador, tirado inmóvil en el suelo y rodeado de personal sanitario. Uno de ellos le hacía un masaje cardiaco para intentar reanimarlo mientras a su lado una mujer lloraba desconsoladamente. Pasado un tiempo, que pareció eterno, el sanitario desistió de su empeño. Poco después llegaron unos policías uniformados, se tapó el cuerpo del fallecido con una sabana y se lo llevaron en una camilla. Las asistencias ayudaron a la abatida mujer a recoger la sombrilla, las toallas, las zapatillas y el resto de la ropa de baño. La mayoría de los comentarios que fui escuchando coincidían en lamentar la mala suerte de esa pareja que seguramente había venido desde su casa con la ilusión de pasar una tarde agradable en la playa. No habían transcurrido dos minutos desde que el cortejo fúnebre abandonó el arenal que la gente se entregó de nuevo a la alegría de vivir al sol y con poca ropa. En la playa es difícil, casi imposible, tener pensamientos fúnebres.