JOSÉ BARROS GUEDE
El Círculo Rojo de Marineda organiza un banquete majestuoso en honor de los delegados republicanos federales venidos a esta ciudad. Preside la mesa un viejo delegado de barba blanca, a su derecha se sienta el presidente del Círculo Rojo, y a su izquierda, el delegado, orador de tenebrosa voz. Le seguían los demás delegados alternando con los individuos de junta del Círculo, de la prensa y del partido político. El viejo delegado que presidía la mesa sonreía, aprueba y estaba de acuerdo con todos los presentes, mientras otro delegado, orador tétrico y ceñudo, componía las cosas lo mejor posible para disputar con todo y con todos.
Al tercer plato, este delegado dispara con bala rasa contra la propiedad, el capital y la clase media. El presidente del Círculo Rojo, dueño y patrón del establecimiento, se mosquea. Sigue hablando del derecho de insurrección y del empleo de medios violentos y coercitivos, lo que al presidente del Círculo, enojado, no le parece lícito, manifestando que el amor, la paz y la fraternidad eran las mejores bases para que pudiera funcionar la Unión Federativa Republicana, no solo en España, sino en el mundo entero. A consecuencia de lo cual, se entabla una discusión general entre todos los presentes interviniendo periodistas y delegados. Durante esta polémica, uno de los mozos que servían a la mesa se acerca al presidente y le habla al oído. Se levanta de la mesa, sale de la sala y entra en ella, seguido de un grupo de mujeres que Amparo capitaneaba. Ella, ansiosa, entra en la sala, vestida con bata de percal claro y con un pañolón de Manila de un color rojo vivo, sosteniendo en su diestra un ramo enorme de rosas artificiales de sangriento color rojo, sujetadas con cintas largas de lacre, donde se leía la dedicatoria en letras de oro. Amparo intrépida se adelanta, levanta el ramo y recoge con un brazo el pañolón, cuyos flecos le caían sobre las caderas. Entonces, el diputado disputador intenta tomar el ramo de flores que ella ofrecía a los presentes en aras de la Libertad, pero ella se desvía. Se acerca mirando al viejo diputado que presidía la mesa, y comienza su peroración con una voz temblorosa. Pasa su diestra mano por su frente sudorosa, levanta con su mano izquierda el ramo de flores que portaba, y viendo el rumor de la mesa y el cuchicheo de los convidados, embriagada, fluyen de sus labios las palabras con gran desparpajo sin cortarse ni tropezar. Los convidados sonriendo se daban de codo, y alguno pronunciaba entre dientes ¡bravo!, ¡muy bien! El patriarca delegado que presidía el banquete se sentía y se mostraba contento y complacido, y el diputado orador, tieso y serio, inclinaba la cabeza, de vez en cuando, para mostrar su aprobación. Amparo termina su discurso, le entrega el ramo de flores al patriarca y grita: "¡Ciudadanos delegados, salud y fraternidad".
El patriarca republicano toma la ofrenda del ramo de flores y se lo da al presidente del Círculo, que no sabe qué hacer con ello. Las compañeras de Amparo, confusas por el silencio repentino, miraban de reojo hacia todas partes, maravillándose del esplendor del banquete. A ellas, algo sorprendidas, les llamaba la atención que hubiese tanto orden y que los delegados republicanos comiesen en vez de salvar a la patria. El patriarca delegado que presidía la mesa comensal da gracias a todas, besa las mejillas de Amparo, le llama "Tribuna del Pueblo". La abraza fraternalmente y grita: "¡Viva la Tribuna del Pueblo!", respondiendo ella: "¡Viva usted? muchos años!".
A los pocos días de este famoso banquete en el que los políticos republicanos federales le llaman a Amparo "Tribuna" y la declaran como tal, su padre, el señor Rosendo, muere en un accidente. Algunas comadres decían que murió a consecuencia de ver a su hija tan elocuente, bizarra y agasajada por dichos delegados, pero no. Lo cierto es que el señor Rosendo era un hombre de orden, formado en el servicio militar, que valoraba mucho la obediencia y consideraba la insubordinación como el más feo delito. Había amenazado romperle la costilla a Amparo si leía más periódicos en la Fábrica de Tabacos.
Fallecido el señor Rosendo, su esposa e hija quedaron aturdidas y maravilladas de ver cómo "se va uno al otro mundo", aunque económicamente seguían bien, porque Amparo había vuelto al tajo de la Fábrica de Tabacos, y Chinto trabajaba como un mulo trayendo a casa todo lo que ganaba de barquillero sin reclamar su sueldo. Se consideraba desde la muerte del señor Rosendo como protector y cabeza de esta familia. Sin embargo, Amparo le trataba como un criado, y a sus rústicas ternezas y pruebas de confianza y afecto, ella se mostraba con desaires y desvíos.
Una mañana, Amparo, que se hallaba en su habitación vistiéndose para salir a la Fábrica de Tabacos, cuando, con gran sorpresa suya, entra Chinto en su cuarto con un talante que nunca lo había visto, y le dice: "Como ya sé el oficio de barquillero, podemos casarnos los dos, porque desde que te vi, me gustaste y no pienso sino en tus quereres, y trabajaré hasta que me reviente el alma por mantenerte". Amparo despectivamente le responde: "Si no te sacas delante, hago contigo una desgracia, repelo", y gritando furiosa le da un empujón arrojándolo a la puerta de la habitación. Al ver que Chinto con los brazos abiertos se va contra ella, coge un zapato de su pie y le da con el tacón en el rostro y grita: "¡Madre mía, madre mía!".
Amparo encogida de hombros se va al trabajo. A su regreso, le cuenta lo sucedido a su madre, que le dice: "¿Tú qué eres, mujer?, cigarrera como yo; y ¿él qué es?, barquillero como tu padre que en paz descanse, ¿ él trabaja?, pues a eso vamos, eso es lo que importa". Amparo, no queriendo oírla más, le declara que no solo le repugna casarse con semejante bestia, sino que le echa de casa.
Corre el rumor y se comenta que Chinto, transido de amor, desea trabajar en el taller de picadura de la Fábrica de Tabacos para estar cerca de su querida Amparo, su adorado tormento. Consigue obtener plaza. Amparo lo encuentra frecuentemente triste y apaleado a la entrada y salida del trabajo, sin decirle más palabras que "adiós mujer? que vayas muy dichosa".
Amparo, acompañada de la Comadreja, le visita en el taller de picadura que era un lugar lóbrego y muy frío. Chinto, al verlas, se acerca todo sudoroso y con un sobrealiento terrible les dice: "Aquí se trabaja firme y se gana el pan con los puños". Amparo, al verlo tan chupado, le mira entre compadecida y asquerosa, diciéndole: "Pero, bruto, estás sudando como un toro y te plantas aquí entre puertas en este pasillo tan ventilado? para coger una enfermedad". Él se encogió de hombros quedando ambos reconciliados.