JOSÉ MARÍA ECHEVARRÍA
No conocí personalmente a Óscar Pérez, el malogrado montañero aragonés fallecido ahora en la subida a un pico del Himalaya, en la zona de Pakistán, tras un accidente y sin que fuera posible acceder a la repisa a 6.000 metros donde quedó su cuerpo herido y que, a la postre, le sirve de nicho pues ha sido imposible rescatarlo. Seguí con pasión el suceso. Desde el principio recé por él, por su aguante y para que hubiese un milagro, porque un rescate así es milagroso. No ha sido posible, y amortajado por la muerte dulce de la montaña ahora descansa en paz el esforzado deportista en las cumbres que tanto adoraba. Las circunstancias de la muerte de Óscar me han recordado, por similitud, lo acontecido a Iñaki Ochoa de Olza, el navarro que se nos quedó en el Annapurna en mayo del 2008. En este caso, la lesión no fue tanto por caída sino por daño cerebral, y también fue imposible rescatarlo. A Iñaki le conocí en una estación de esquí, subiendo él con pieles de foca al pico más alto de Astún, para luego lanzarse ladera abajo, y así varias veces en una jornada, mientras los demás subíamos en telesilla. Era un deportista como la copa de un pino. Quiero dejar constancia de esto ahora que surgen comentarios, a veces negativos, sobre los riesgos de ciertos deportes. Lo malo es desconocer estos riesgos, cosa que no ocurría en los dos montañeros que ahora nos ocupan, que no eran temerarios ni irresponsables, sino unos excelentes deportistas.