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Olor a chamusquina

 

RUFO GAMAFO RICO Un año más, el fuego es indeseable protagonista del verano; deja los bosques calcinados y el persistente olor acre a chamusquina. Pasado el mal trance, que recuerda a otros muchos, vienen indefectiblemente las consideraciones que en el tiempo oportuno pudieron determinar eficaces medidas preventivas. Porque es llanto tardío por la leche derramada lamentar, cuando arden los árboles y el matorral, la falta de estratégicos cortafuegos y el exceso de hierbajos que propagan el fuego como yesca. Construir cortafuegos y limpiar de hierba las tierras son tareas que la cultura rural reservaba a la primavera. Este era el trabajo que, con la regularidad de las estaciones, le vi realizar al tío Jorge, ejemplar de la benemérita y olvidada orden de peones camineros; con azada y pala limpiaba las cunetas en las que no dejaba ni una brizna que seca podría un día ser pasto de la llama. Guardaba el pueblo un santo temor a los incendios. Cuando las campanas tocaban a fuego, todos los vecinos útiles se armaban de palos y calderos y corrían a sofocar las llamas. A veces, el siniestro tenía su origen en la quema de rastrojos, imprudente práctica campesina que se repetía un año sí y al siguiente, también. Paradojas de la vida que en sí es la mayor de las paradojas: correr el riesgo de acabar con el incendio provocado personalmente.

El fuego impone al verano un dramático protagonismo, con frecuencia cruento y dramático por las pérdidas materiales y las irreparables desgracias humanas; en lo que va de temporada, el fuego ha sembrado de luto y desolación extensas zonas del país. Para mayor dolor, parece demostrado, o al menos demostrable, que la mayoría de los incendios son provocados; entonces, por sus dañosos efectos y malvada intencionalidad, no pocos podrían considerarse verdaderos actos de terrorismo y terroristas sus autores. Por cierto, extraña figura la del pirómano: incendiario por interés, y en ocasiones, por venganza; tonto o malvado -o lo uno y lo otro-; seguramente sin proponérselo, pone en peligro haciendas y vidas ajenas. Resulta inexplicable de todo punto el atentado contra el modesto patrimonio forestal de Las Hurdes; es inimaginable que a nadie se le haya ocurrido perjudicar a estas humildes y buenas gentes, justamente orgullosas de la singular belleza paisajística de la zona; cabe imaginarse algún proyecto urbanístico al que estorbaran los árboles; o sea, que el fuego haya sido atizado por la codicia que no sólo es pecado capital de ricos; también los pobres quieren tener más, algunos como sea, según moda.

Pirómanos de muy distinta condición son los que recuerdan hoy a las hazañas pasadas en las iglesias víctimas de la tea incendiaria. En un templo de Madrid se descubrieron escondidas en el tejado latas de gasolina. Y algunas iglesias del riñón urbano barcelonés lucen en sus muros -si no las han borrado- pintadas en recuerdo de las iglesias incendiadas con ocasión de la Semana Trágica; precisamente este año se cumplen cien de aquella modesta persecución religiosa, anticipo y ensayo de los años 1936 y siguientes. "La iglesia que ilumina es la que arde", pontifica en laico un lema: no se dirá que los anarquistas carecen de ingenio.

Ignoro si continúa abierta en el Museo Diocesano, junto a la catedral barcelonesa, la exposición Patrimonio religioso destruido durante la Guerra Civil. Lógicamente nada de lo destruido figura en la muestra que no ha sido del agrado de toda la grey. Algún católico de los de machamartillo se ha permitido advertir que se pretende eximir de toda culpa a la Generalitat y cargar en exclusiva el mochuelo a los anarquistas. La verdad reflejada en las crónicas de aquellos días es que el honorable Lluys Companis recibió a las figuras del anarquismo catalán y después de encendidos elogios por su heroico y decisivo comportamiento frente al enemigo, puso en sus manos el mantenimiento del orden público con atribuciones bastantes. Y ¡cómo cumplieron!

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