JOSÉ MARÍA ECHEVARRÍA
Los partidarios del laicismo excluyente ahora la han tomado contra la presencia del crucifijo en las aulas. ¡Cómo si no tuviesen otra cosa especial que hacer para mejorar el nivel educativo del país! Incluso no son ni creativos, porque es recurso gastado de políticas antirreligiosas como alguien recordó comentándonos la que se armó en su pueblo, en Olite, en la época de la II República -que ya han pasado más de setenta y tantos años-, cuando los mozos del pueblo bloquearon las cuatro salidas de la plaza a la pareja de la Guardia Civil que protegía al funcionario que había retirado el crucifijo de la escuela del pueblo, que no tuvo más remedio que reponerlo de donde lo había quitado. Hará cosa de tres años se planteó algo parecido en Italia por la denuncia de una madre finlandesa, y el Consejo de Estado estableció una doctrina que es un auténtico juego de bolillos -muy al estilo italiano- en la que reconociendo la vigencia de la laicidad en la Constitución, añade que este principio ha de aplicarse de acuerdo con la cultura y la tradición del país, y el crucifijo, que para unos y en edificios como la iglesias, es un claro símbolo religioso, no lo será para otros, sobre todo si es en sedes no religiosas, pues "el crucifijo podrá cumplir, aun en un contexto laico, distinto del religioso que le es propio, una función simbólica altamente educativa, con independencia de la religión que profese cada alumno". Y acaba el dictamen -que puede consultarse pues es público- que "en Italia, el crucifijo es apto para expresar -en clave simbólica, desde luego, pero de modo adecuado- el origen religioso de los valores de tolerancia, respeto mutuo, estima por la persona y afirmación de sus derechos y su libertad, autonomía de la conciencia moral ante la autoridad, solidaridad humana, rechazo de toda discriminación; valores característicos de la civilización italiana".