FERNANDO GONZÁLEZ MACÍAS
Si uno se para a pensarlo, en esto de los aeropuertos, los tres grandes partidos de este país defienden posiciones diferentes, no tanto porque tengan al respecto grandes discrepancias de fondo, sino más bien por la posición que cada uno de ellos ocupa en el juego de poderes. Así, el PP, que no gobierna ninguna de las tres ciudades, está en disposición de proponer, desde la Xunta, la fórmula de un aeródromo único con tres terminales que se complementen y actúen coordinadamente, se entiende que bajo la supervisión de San Caetano. Sin embargo, al Bloque, que gestiona el área de turismo tanto en el ayuntamiento de Santiago, como en A Coruña y Vigo, le interesa que la Administración autonómica siga sufragando los convenios de apoyo a las compañías de bajo coste y que haya dinero en abundancia para los aeropuertos (para todos), no para las ciudades. Por su parte, los socialistas, que ostentan las tres alcaldías, dicen estar por la especialización, es decir, que Lavacolla, Peinador y Alvedro sigan creciendo cada uno por su lado, pero procurando no hacerse demasiado la competencia (ahí es nada).
En lo que hay general coincidencia es en que, si no se halla pronto la fórmula adecuada, Oporto seguirá ganando cuota en el mercado gallego. Porque los portugueses hace ya tiempo que han hecho sus deberes, empezando por implantar sistema aeroportuario único para todo el territorio nacional. Un planteamiento global en el que a alguna terminal le ha ido mejor que a otra, pero no por una decisión política o por la intervención gubernamental, sino principalmente por la propia dinámica del mercado, favorecida, eso sí, por una acertada gestión, que se ejerce de forma individualizada, con lo cual cada uno de los equipos directivos es responsable de sus aciertos y errores.
En el caso gallego llama la atención que sólo se escuchen las voces interesadas -más que los argumentos- de los políticos en liza, en tanto que los técnicos del sector, los expertos imparciales, que en esto también los hay, apenas se dejan oír. Alguno por su cuenta, en concreto una consultora de Vigo, presentaba no hace mucho una propuesta sólidamente sustentada que propugna la creación de un consorcio aeroportuario gallego, cuya actividad planificarían dos comités, uno de rutas y otro de infraestructuras, con independencia a la hora de decidir en clave de país. Una aportación así no debiera caer en saco roto, como tampoco la advertencia que contiene ese mismo informe: o Galicia reacciona conjuntamente o en los próximos cuatro años se duplicará la cifra de usuarios gallegos de Oporto hasta alcanzar el millón anual.
En casi ningún caso es bueno per se que los gestores estén sometidos a los criterios de los cargos públicos. En este ámbito, mucho menos. Porque aquí no se trata de gestionar, de forma más o menos racional y con eficiencia, un servicio público, o de hacerse con la mayoría de los clientes del transporte aéreo, sino de poder presentarse ante la potencial clientela electoral con el aval de defender los intereses locales por encima de todo. Es mucho pedir a un representante político de Vigo que asuma por las buenas que no conduce a ninguna parte pelearse por ofrecer los mismos destinos que sus competidores gallegos, no habiendo demanda que lo justifique. Porque esa es la madre del cordero.
La fórmula de convenios con los operadores de low cost, financiados por las arcas autonómicas, es, en la práctica, una forma de pervertir las reglas del mercado, en este caso por la vía de generar una oferta artificial. Se está encubriendo una realidad que todos nos negamos a asumir, pero que no por ello deja de ser impepinable: el tráfico aeronáutico desde Galicia y hacia Galicia no sostiene tres aeropuertos situados en un radio de menos de doscientos kilómetros.
Y es que existe la general convicción de que la ciudadanía gallega, tal vez por una atávica vena localista, penalizará severamente en las urnas a quienes osen tan sólo plantear la necesidad de racionalizar el carajal aeroportuario, como el universitario, el de las dotaciones culturales o el ferial, algo que nadie niega que hay que hacer, no sólo porque las duplicidades y las triplicidades no tienen pies ni cabeza, sino porque nos cuestan mucho dinero de todos que acabaremos no pudiendo pagar. Nadie se atreve a ponerle el cascabel a este gato, ni siquiera disponiendo ahora mismo de un argumento tan contundente como la crisis económica. Debe ser porque el felino, que no deja de crecer, les parece cada vez más fiero.
fernandomacias@terra.es