FERNANDO GONZÁLEZ MACÍAS
Contrariamente a lo que algunos tienden a pensar, Pachi Vázquez no tiene hoy menos apoyos entre las distintas familias del Pesedegá que cuando accedió a la secretaría general, después del revolcón electoral del uno de marzo. Está donde estaba y como estaba. El suyo no es ni será nunca un liderazgo fuerte. No es lo que se dice un tipo carismático. Tampoco lo fue el de Emilio Pérez Touriño, a pesar del control casi total que llegó a tener del aparato organizativo por su propia labor de zapa y por los apoyos que le prestó Zapatero desde Madrid, como agradecimiento por haber contribuido a su inesperada y apretada victoria sobre Pepe Bono en el congreso de 2000.
Tampoco es que Vázquez sea un líder provisional, transitorio o interino. No lo sería más que cualquiera de sus muchos predecesores en la tumultuosa trayectoria del PSOE gallego. De hecho, la mayoría de quienes asumieron en el pasado esa misma responsabilidad habían sido elegidos en congresos mucho más reñidos y al frente de candidaturas con bastantes menos apoyos de las bases, sin que por ello se discutiese abiertamente su capacidad para dirigir el partido en la etapa que les correspondiera.
Es bien cierto que en el último comité nacional hubo significativas ausencias. Sin embargo, es probable que muchas de ellas tengan más que ver con la desidia propia de una etapa como la actual, sin elecciones a la vista, o el escaso interés del orden del día, que con una actitud conscientemente crítica o beligerante de ciertos sectores con la labor dirigente de Pachi y su equipo. Además de los que no acudieron, también los hubo que llegaron tarde por un cambio de horario respecto al habitual y se encontraron con casi todo el pescado vendido.
Pachi no sufrió hasta ahora apenas desgaste alguno. No se ha enfrentado todavía a ningún envite serio, dado que nadie puede responsabilizarle de los resultados de las elecciones europeas. Y en el ruedo parlamentario aún no ha tenido que lidiar ningún morlaco de los de verdad. Se le vieron unas cuantas faenas de aliño, sin pena ni gloria. Lo difícil empieza ahora, con el nuevo curso político, en el que no se podrá despachar con un par de capotazos. Debe dar la talla ante un Feijóo crecido, al que jalean, ya no en Galicia, sino en el ruedo nacional. Y se está preparando, porque tiene que confirmar la alternativa.
Los que mejor le conocen aseguran que Vázquez no saldrá tocado del proceso de elección de la nueva estructura provincial, por varias razones; la primera porque procura implicarse lo menos posible. De hecho no se moja ni siquiera cuando más fácil resulta apostar a caballo ganador. Se ha puesto en el papel de árbitro, quiere que se respeten las reglas y haga juego, sin ventajismos, y se ofrece para tender puentes allí donde las aguas bajas más bravas. Y es que, además, todo apunta a que, salvo sorpresas mayúsculas, los barones provinciales que salgan elegidos de aquí a noviembre no alterarán perceptiblemente la actual correlación de fuerzas del Pesedegá. Y, siendo cada uno de su padre y de su madre, no hay riesgo de que varios de ellos se confabulen para constituirse en contrapoder frente los que hoy mandan en O Pino. Lo único que podría inquietar hoy por hoy a Pachi Vázquez es que, por algún motivo, José Blanco decidiera tener en Galicia una posición orgánica más fuerte que la que tiene, por sí mismo o por otra persona interpuesta. Y de eso, por ahora, no hay indicios.
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