PEDRO DE SILVA
Las clases de natación en piscina climatizada han enseñado a la gente a flotar y moverse por el agua, pero han acabado siendo un drama para la educación marina del hombre. Se identifica nadar con hacer marcha rítmica y acompasada sobre el agua, en la respectiva calle entre corcheras. Esa educación urbana de agua, tan gremial y ahormada, nos priva del gran placer del baño en el mar, que consiste en sentir el agua -una placenta bien distinta del aire-, disfrutar de su tacto -que es sutil y lo tiene-, tratar de descubrir los movimientos más íntimos del agua -su lenguaje, cuerpo a cuerpo-, gozar con las transferencias de temperatura -una entrega recíproca-, moverse con libertad -es el gran depósito que queda disponible-, jugar a encajarnos a su ritmo un baile apretado y suelto a la vez. Todo eso con tiempo, el necesario y justo para conocer y darse a conocer a un ser distinto.