JOSÉ LUIS QUINTELA JULIÁN
Ya saben que en esta columna somos amigos de las decisiones pausadas, de la relativización de todo lo relativizable y de la comprensión, la empatía y la tolerancia como forma universal de aproximación a los conflictos y, en general, a la vida. Pero, dicho esto, también es cierto que aquí se aboga por la firmeza en los argumentos, la preservación del bien colectivo por encima de los caprichos personales de alguno de nosotros y, sobre todo, por el mantenimiento de la ley y el orden, fundamentales para no perder el tren de la convivencia.
¿Qué quiero decir con esto? ¿A qué me refiero? Bueno, en mi cabeza están ahora presentes los sucesos de Pozuelo, o algunos otros de tal índole habituales últimamente en los noticiarios. O, sin ir más lejos, los problemas surgidos en el noitebús Miño-Ferrol o, en clave coruñesa, los recientes incidentes con adolescentes en nuestra ciudad, en Santa Catalina o San Diego. Miren. El respeto a los demás es la piedra angular de la libertad personal y colectiva. Y porque a un chaval -o no tan chaval- se le ocurra que el sentido de su vida pasa por sumergirla en alcohol, o desgraciarla con sustancias sicotrópicas, no podemos cejar en el mantenimiento de unos mínimos de convivencia. Si a partir de aquí la consecuencia es la rotura de contenedores y papeleras, el pinchar las ruedas de los coches, el destrozar un autobús o pegarle una paliza a un joven por desear su sudadera o su bicicleta, entonces hay que actuar. Y vaya si hay que hacerlo. Con contundencia.
Soy de los que afirman sin titubeo que la educación es la base de la convivencia. Y que, por ello, nuestros educadores -los buenos- deberían ser encumbrados al súmmum del reconocimiento y prestigio social. Pero lo cierto es que ellos mismos sufren las consecuencias de la desidia en relación con las políticas educativas. No vale el café para todos en relación con las actitudes y las aptitudes de los alumnos. Y tampoco el convertir las aulas en junglas. Y es precisamente en la escuela donde podemos revertir el estado de la cuestión. La introducción -reintroducción, porque ya existieron precedentes- de la asignatura Educación para la Ciudadanía es, a mi juicio, un primer paso interesante en esta línea. La pena es que no haya habido consenso en una materia tan sensible, y la polémica y los intereses partidistas y de grupo hayan nublado un tanto su comienzo. Pero cuando la educación falla, y hay que actuar con un enfoque más a corto plazo, entonces hay que recordarle a los tumultuosos y a los incívicos dónde está la fuerza de la ley y el orden. El pulso de la ciudadanía. El civismo. Los límites de la libertad personal, que terminan donde empieza el respeto al otro. Y actuar entonces sin miramientos y con contundencia. Una sentencia de "dejar sin salir" a quien protagoniza una batalla campal contra la policía es, con todos los respetos, una tomadura de pelo. Hay que poner dinerito -sanciones económicas- de por medio y, también, grandes dosis de cuestionamiento social para los vándalos y los gamberros. Hay que explicar sin tapujos que romper, destrozar, saquear y agredir no son sinónimos de valentía, masculinidad, liderazgo o excelencia personal. Antes bien, deberían serlo de cutrez, marginalidad, ataque a los recursos de todos y de rotundo fracaso personal. Y es que en otros lugares y países hay abundantes experiencias de cómo puede terminar la cosa si el asunto se desmadra. Yo pude conocer un poquito la problemática de las maras en Centroamérica, por poner un ejemplo, o la desestructuración de algunos estados en materia de seguridad. Cuidemos lo que tenemos, insisto, que la convivencia y la tranquilidad son absolutamente impagables. Y si, para eso, la policía, la Administración o las madres y los padres tienen que darle un buen tirón de orejas a más de uno, que lo hagan sin complejos. Y que sea cuando todavía estén a tiempo de no caer en el pozo sin fondo de la delincuencia.