JOSÉ MANUEL PONTE
En la antigua forma de guerrear, los primeros en caer bajo las balas enemigas eran los soldados rasos, después los suboficiales y oficiales de baja graduación y, excepcionalmente, los comandantes, coroneles y generales, que solían contemplar desde lugar seguro la evolución de los acontecimientos. Reyes y papas que hayan caído en el campo de batalla se cuentan con los dedos de una mano. Y de financieros y de hombres de negocios no se conoce ningún caso. La ciudadanía y el pueblo llano solían quedar al margen de estas trifulcas y, salvo en los asedios, en las razzias, en los pillajes o en las venganzas que seguían a las batallas, no corrían mayores riesgos. Poco a poco, las cosas fueron cambiando y, a partir sobre todo de la II Guerra Mundial, la víctima principal de las acciones bélicas fue la población civil, como quedó demostrado con los bárbaros bombardeos aéreos de las ciudades europeas y especialmente con el lanzamiento de dos bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Afortunadamente, los que cometen estas atrocidades suelen tener una magnífica opinión sobre la moralidad de su propia conducta, además de un dominio de los infinitos recursos del idioma para encubrir la ominosa realidad, y se han inventado unas palabras mágicas que hacen desaparecer de nuestra vista lo que no conviene enseñar. Y, así, fueron apareciendo en el lenguaje periodístico las expresiones "daños colaterales" para aludir a matanzas mayores de las inicialmente previstas entre la ciudadanía de la población atacada, y "fuego amigo" para describir los daños causados en un bombardeo equivocado sobre las fuerzas propias. El uso de esas expresiones se ha generalizado y el ex presidente del Gobierno Felipe González utilizó el calificativo de "fuego amigo" para prevenir a su correligionario señor Zapatero de los peligros que corría si se enfrentaba al grupo Prisa o no satisfacía desde el Gobierno los intereses de ese poderoso grupo mediático. Aquel artículo, publicado por cierto en las páginas de un importante periódico de ese grupo, causó sensación, entre otras cosas porque desvelaba la posible ruptura de una relación estratégica entre el socialismo entendido al estilo felipista y el grupo Prisa que duró muchos años y funcionó como un poderoso conglomerado. En síntesis, el pacto consistía en que Prisa se reservaba la exclusiva de ser el único proveedor de alfalfa informativa para el sector de opinión progresista, o no reaccionario, a cambio de controlar cualquier intento desde dentro del aparato del PSOE de articular un programa político que fuera más allá del liberal socialismo que practicó don Felipe. El ataque demoledor contra la alternativa que representaba Borrell fue la mejor demostración práctica del contubernio. Por lo que se ve, Zapatero no ha seguido las instrucciones recibidas y ahora es víctima del "fuego amigo". No obstante, la dificultad técnica de la operación de bombardeo mediático consiste en asegurar que el "fuego amigo" no afecte también a los sentimientos de los votantes socialistas y a los lectores del periódico.