JOSÉ BARROS GUEDE
. n los primeros tiempos en que Baltasar Sobrado dio la palabra de matrimonio a Amparo, se muestra su asiduo acompañante olvidando su habitual reserva y obrando como si no temiese la opinión del mundo y la de su familia; pero no tardó en buscar lugares recónditos, al abrigo de ojos indiscretos, para verse con ella, a los cuales cada uno acudía por su lado.
Uno de estos lugares era un merendero unido a una fábrica de gaseosas, bebida muy favorita de las cigarreras, donde ambos sentados ante una tosca mesa de piedra, bebían gaseosa, cerveza y dialogaban. Al principio lo visitaban casi todos los días, más tarde solamente los días festivos. Amparo le daba puros confeccionados por su mano, y Baltasar le llevaba una novela romántica que ella leía en alta voz ocasionándole emoción y lágrimas. En síntesis, Baltasar y Amparo se hallaban como dos cuerpos unidos en un instante por la afinidad amorosa, y separados después por repulsas invencibles que tendían incesantemente a irse cada cual por su lado.
Sucede que mientras Baltasar trataba de ocultar su aventura, Amparo, que había confiado en sus falaces palabras de compromiso matrimonial, se desvivía para que les viesen juntos. Quería ostentarlo de la misma forma, que su amiga Ana ostentaba a su novio de la marina mercante. Quería que la familia de Baltasar lo supiese y rabiase, y que la orgullosa señorita García se enterase de que la había dejado por ella. De este diferente punto de vista, nacen las primeras disputas leves entre ambos, que al principio le sirvieron de distracción a Baltasar.
A Amparo, mujer impulsiva, superficial y vehemente, le gustaban las apariencias exteriores, la lisonjeaba ser criticada, envidiada y nunca compadecida. Durante sus relaciones con Baltasar trabajaba más que nunca y vestía lo mejor posible para hacer creer que el señorito Baltasar era dadivoso con ella. Su vanidad era doble, quería el público tuviese a él por liberal y a ella por mercenaria.
Amparo disfrutaba viendo la rabia de sus rivales cigarreras en la Fábrica de Tabacos, la sonrisilla de Ana, las indirectas, los codazos y la atmósfera de curiosidad que se condensaba en torno de él. Llegaba a tanto que hasta se hacía a sí misma regalos misteriosos, tales como, prendiendo en el pecho ramilletes de flores y poniendo en sus dedos una sortija de plata con un corazón de esmalte para que la gente creyese que procedían de Baltasar Sobrado.
Cuando le preguntaban si era cierto que se casaba con un señorito, sonreía, se hacía la enojada, fingía mirar disimuladamente para la sortija y contestaba: "Y ¿por qué no?, ¿no éramos todos iguales desde la revolución de la Gloriosa?, ¿no era soberano el Pueblo?". Amparo soñaba con la República para que todos fuésemos iguales. Pensaba que cuando fuese señora, no había de portarse como otras altaneras cigarreras que estuvieron liando cigarros lo mismo que ella, y que ahora porque vestían de seda, miraban por el hombro a sus amigas de ayer. Ella, sin embargo, decía, cuando las viese en la calle, las saludaría con suma amabilidad, y a Ana le enseñaría su casa, "¡su casa!".
En la Fábrica de Tabacos había muchas cigarreras escépticas que auguraban un mal final a los enredos amorosos de Amparo con Baltasar Sobrado, diciendo: ¡casarse, casarse!, pronto se dice, ¡pero del dicho al hecho! Estos dichos llegaron a sus oídos, que unidos a que Baltasar cada día mostraba más cautela y adoptaba mayores precauciones para verse con ella, empezaron a clavarle en su alma el dardo de los más crueles recelos. Baltasar Sobrado se mostraba tierno y apasionado con ella, pero se negaba obstinadamente a acompañarla dos pasos más allá de la puerta.
Por otra parte, su madre, paralítica y encamada, se hallaba sumamente inquieta y quejosa por varias razones, entre otras, porque cuanto Amparo ganaba, lo gastaba en botas nuevas y enaguas bordadas, viéndose ella privada de ciertas comodidades y golosinas que antes no le escatimaba. Confidente de estas lamentaciones era el flaco y casi harapiento Chinto. Solía venir a pasar largas horas con ella al salir del trabajo, después que él supo que su madre era propicia a su pretensión matrimonial con Amparo. De este modo, la paralítica disponía de Chinto como si fuese un buen y solícito yerno, obedeciendo ciegamente a su voz. Le hacía los recados, le arreglaba su cuarto, le traía remedios y le daba unturas.
Sucedió que, a principios de otoño, su madre paralítica llama a Amparo a la cabecera de su cama y le dice: acércate aquí. Amparo se acerca con la cabeza baja. La madre le extiende la mano, le levanta violentamente la barbilla para que alzase su rostro y con una voz aguda, terrible y llena de ira, la da una bofetada en su mejilla, y le grita: "¿y ahora?, ¡sinvergüenza, raída, eso de mi no aprendiste!".
Amparo calla recordando que su madre había vivido orgullosa por su matrimonio legítimo con su marido Rosendo, el barquillero, por ser citada en la Fábrica de Tabacos como modelo de familia unida y de que el jefe la había llamado "mujer formal y de bien". Amparo abatida reconoce y acata su autoridad y balbucea: "me ha dado palabra de casamiento". Su madre le responde: ¡"Y tú no creíste"! Ella le responde: "No sé por qué no, yo soy como otras, tan buena como la que más, y hoy todos somos iguales, señora".
Su madre menea la cabeza y con tenaz desconfianza le dice melancólicamente: "El pobre, pobre es, y tu quedarás pobre, y el señorito se irá riendo; y enfurecida le grita: "Sácate delante, indigna, que te mato, si te dieron palabras que las cumplan". Amparo se humilla ante su madre y sale temblando. A solas, recobra energía, calcula que hace mal en desesperarse, y espera con afán la cita del domingo en el merendero para ver y hablar con Baltasar Sobrado sobre su embarazo.