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Recuerdos con moscas

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JOSÉ LUIS ALVITE Mi vida no ha desembocado en lo que imaginaba cuando era solo un muchacho, pero no cometeré la grosería de quejarme. Con la vida que he llevado y con los muchos excesos cometidos, a estas horas tendría que estar agonizando sin compañía en el catre de una fonda, a solas y arruinado, con un cenicero en el pecho, con la espalda ulcerada por el hervor de las heces y con la vísceras llenas de moscas en un caldero. Casi sin darme cuenta he convertido mi asquerosa vida en un trabajo y la verdad es que, en cierto modo, y sin habérmelo propuesto, el mucho o poco prestigio que tenga en este oficio se lo debo sin duda a la suerte inmensa de haber mantenido intacta mi mala reputación. A veces yo mismo me sorprendo de que la relativa prosperidad en la que vivo haya sobrevenido gracias al tesón que puse en no alcanzarla. No he tenido demasiados miramientos con quien alguna vez estuvo a mi lado, lo reconozco, pero no le he causado a los demás ni la mitad del daño que yo mismo me infligía. Muchas madrugadas alargué hasta el suplicio el abnegado trabajo de mi barman de cabecera, pero a Él le consta que el dinero que ganaba por mis trabajos en la radio y en los periódicos pasaba más tiempo en sus bolsillos que en los míos. Durante todos estos años descubrí que sólo se tiene la salud que se malogra y el dinero que se gasta. Jamás nadé en la abundancia ni me tiraré al farol de haber vivido en la indigencia, pero siempre estuve preparado para ambas cosas, y aunque nunca le hice ascos al dinero, la verdad es que siempre he pensado que tener mucho dinero a un tipo solo le habrá servido para arruinarse a manos llenas. Tengo que admitir que para la riqueza mis manos siempre fueron más destructivas que el fuego. Lógicamente, para no arrastrar a nadie en mis caídas tendría que haber vivido solo. Lo intenté pero nunca fui capaz de conseguirlo. Supongo que eso se debe a que necesito tener cerca a alguien a quien contarle la poética proeza de la soledad. Pero tampoco de mi soledad eventual tengo derecho a quejarme. Mi búsqueda de la soledad ha sido siempre un poco falsa y si insistí en ella lo hice seguramente porque sabía que mi forma de ser jamás me la permitiría, entre otras razones, porque nunca abandoné una nave sin haber puesto antes otra a flote, ni apagué una luz sin saber dónde encenderla luego. Aunque raras veces tengo ordenadas mis cosas, incluso en los momentos de mayor fracaso la verdad es que en mis bolsillos siempre he dispuesto por lo menos de las llaves de dos puertas, las señas de dos buzones y el número de un teléfono en el que sabía que, fuese cual fuese la hora, siempre sería temprano para la llamada de alguien como yo, un tipo que siempre dio lo mejor de sí en las despedidas. El de los rescoldos de bolsillo fue mi recurso durante todos estos años. Mi recurso y también mi salvación. Puertas abiertas, café al fuego y sin preguntas. De todos los hombres a los que alguna vez odiaron mis parejas, puedo presumir de haber sido sin duda aquel al que ellas odiaron con más afecto. Hasta en la desgracia de ser odiado reconozco haber sido un hombre afortunado. Por mi errática manera de ser les he causado dolor y alivio al mismo tiempo; dolor, porque se sufre con los reveses, y alivio, porque, ¡qué demonios!, alivio, porque si de verdad acariciaban la idea de llegar con sus sueños a alguna parte, era obvio que una buena chica jamás habría ido muy lejos corriendo a oscuras con un tipo como yo entre las piernas. No se perdieron gran cosa y estoy seguro de que en algunos casos mi recuerdo se desvaneció en sus vidas tan pronto tuvieron al acierto de vaciar el cenicero y ventilar la alcoba. A veces se me pasa por la cabeza escribirles, esperar su respuesta y reemprender por correo todas aquellas historias en las que ellas pusieron los sueños y yo, lo reconozco, las pesadillas. No lo hago porque, ¿sabes, nena?, no lo hago porque de lo nuestro, ¿qué maldita culpa tiene el cartero?

jose.luis.alvite@telefonica.net

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