JOSÉ ANTONIO PORTERO MOLINA
Hay semanas calmas, planas. De esas que pondrán de los nervios a los periodistas y, modestamente, también a los columnistas. La pasada no ha sido de estas sino movida, con turbulencias de variada intensidad.
La primera ha pasado del ámbito local al autonómico, y me imagino que algo habrá revuelto las aguas del PP gallego, para disgusto de su portavoz municipal en María Pita. No sé si por convencimiento o por hacer un guiño a los sectores menos centristas del partido o por ambas razones, el caso es que el señor Negreira se metió en un jardín al querer poner en un aprieto al Gobierno local a propósito de la estatua de Millán Astray. El PP en conjunto no ha sabido llevar lo de la memoria histórica y probablemente le hubiera ido mejor guardando silencio. Sacar la cara por el general que fue en la guerra y años después uno de los propagandistas más furibundos de Franco, por esa razón se acordó en la comisión de expertos la retirada y no por ser el fundador de la Legión porque sabido es que la fundación fue en 1920, fecha que queda fuera del período que marca la ley de la memoria, ni por fundar la Legión, un cuerpo de ejército similar a la Legión Extranjera de Francia, hoy integrado en las fuerzas armadas del Estado constitucional, sacar la cara por él, digo, fue, a mi juicio un desliz. Un desliz tan sólo del que no es justo extraer consecuencias como las que suelen vocearse de inmediato con mucho atrevimiento. Millán no es ni un recuerdo para decenas de miles de coruñeses de menos de cuarenta años y la decisión del Gobierno local no hay quien la mueva y es a todas luces legal. Tengo la impresión de que en este punto de los nombres y las estatuas la ley no hacía ninguna falta, como lo demuestra el hecho de que muchos Ayuntamientos de España los cambiaron bastantes años antes de que nadie pensara en aprobar una norma parecida. Y otros muchos siguen sin cambiarlos aunque esté vigente la ley. Cuestión del color de los gobiernos municipales, aunque no siempre porque Francisco Vázquez pudiendo haber retirado la estatua no lo hizo.
Turbulencias y gruesas las que está soportando el PSOE y Zapatero sobre todos con la marcha de Solbes y de otros diputados que antes fueron ministros. Hay quinielas sobre los siguientes y aunque los socialistas cierren filas en apoyo del presidente, el asunto no es de los que sientan bien, sobre todo porque los electores perciben que los motivos de la marcha tienen mucho que ver con los modos cada vez más personalistas que adopta el jefe del Gobierno, ayer Bambi y hoy, al parecer, desayunando carne cruda de compañeros y compañeras.
Pero para turbulencia de las fuertes la que está provocando el giro del grupo mediático que antes le apoyaba, con razón o sin ella. Un asunto complicado este de las relaciones del poder con los medios, financiación incluida. Mi impresión es que el poderoso grupo ha salvado en más de una ocasión a Zapatero y ha frustrado las posibilidades de Rajoy en muchas más. ¿Cómo olvidar el tremendo y oportunista zapatazo al PP del fallecido patrón del grupo en una asamblea de accionistas identificándolo con el franquismo? Guerra del fútbol aparte, el poderoso grupo no suele bromear con los asuntos de la economía y en ese terreno el presidente patina y patina. Veremos a ver cuáles son las consecuencias de su giro para el Gobierno, pero habrá que estar también atentos a las que pueda tener en algunos de los columnistas emblemáticos de sus medios, porque algunos de ellos van a tener que hacer contorsionismo y puede que no estén ya para esos trotes.