RAMÓN FARRÉ
Silvio Berlusconi es un político amorosamente involucrado. De la cresta al espolón. Todo fuego, proclama su lengua el compromiso y, más tarde, la TV privada o pública -casi todas son suyas- da al viento el encelado canto de su pico. Lo hace por amor, no cabe duda. Por amor gobierna y así se estima.
Asomado a las ruinas de Roma y ante ministras españolas que sonríen corteses, él por amor invoca a Casanova y se reconoce en su estirpe. O desde la profunda y cálida concavidad en la que por amor habita, afirma con certeza que la mujer es regalo para el hombre. Su mejor regalo.
Podía haber dicho otra cosa si no fuera la suya una declaración de amor. Podía haber dicho, por ejemplo, que humedad de vagina es todo lo que el hombre alcanza a conocer del paraíso, como se atrevió a decir algún poeta? ¿minimalista?
Podía haber dicho que la mujer é a paisagem do homem, como escribió un día un escolar de apenas diez años que respetaba a su madre.
Pero no, Il Cavaliere, por amor sin duda, dijo regalo y no paisaje.
Sin embargo, porque a Z le hubiera parecido interesante, arriesgaríamos en la conclusión si no advirtiéramos marcadas diferencias entre ambos.
Sostiene Claudio Magris que Zapatero también se pirra por la imagen y nosotros vimos que es capaz de estirar el pescuezo en Madrid para orlar a Obama con su sonrisa verde cuando el presidente norteamericano se retrata ante la Casa Blanca o el Capitolio. Ya lo vimos y no obstante, aunque en tal sentido fuera él más Zpop que ZP, el leonés es otra cosa. Como mucho podría transformar las reuniones de gobierno en algo parecido a un programa de TV que hiciera da estolidez e a incultura, un asunto susceptible de ser asumido, e aplaudido, pola sociedade, para decirlo con palabras recientes de un fino y luminoso articulista.
No, no es José Luis eco de Silvio. Tampoco imagen de alguna dignidad preestablecida, es cierto.
Con nosotros en tránsito permanente hacia la felicidad y la tarde desmayándose sobre nuestro equipaje, antes de regresar a León podría él hacer de los Consejos de Ministros algo así como un Gran Hermano, aquel programa de Berlusconi que aquí presenta Mercedes Milá, la Gran Sacerdotisa.
¿Cómo serán los líderes con una suerte de bata de fotógrafo de color azafrán? ¿Cerrarán ellos los ojos para mirar cómo por los orificios de su mente entran ya más ratas que luz? ¿Serán capaces de advertir el momento exacto en que los dioses se desvanecen dentro de uno?
De cualquier modo, el programa serviría ahora no tanto para planificar cursos que permitieran a hoscos desempleados penetrar por millones los balsámicos secretos de la Alianza de Civilizaciones, sino -mucho más- para que nuestros gobernantes pudieran ellos mismos comentar sin recato -y salaces, quizá- sus fotos veraniegas más excitantes. Atento a la volatería sólo como bocado, más vulpino que garzón, Zpop no es Berlusconi, pero sabe igualmente por su bien que las sociedades se miran en la televisión y que los hombres de cualquier condición -así fueran un día ciudadanos- acaban convirtiéndose en lo que aceptan.