JOSÉ LUIS ALVITE
Soy uno de los muchos compostelanos sometidos en su infancia por el ambiente sociológico de su ciudad a la disyuntiva de elegir entre Vigo y A Coruña como consecuencia natural de profesar irrenunciable devoción por el Real Club Celta de Vigo o incorruptible fidelidad al Real Club Deportivo de La Coruña. Como entonces los críos viajábamos poco, ejercíamos la confensionalidad de nuestros afectos sin conocer ninguna de aquellas ciudades y, por supuesto, sin haber sido nunca espectadores de sus equipos de fútbol, de modo que uno se alineaba con Vigo o con La Coruña por un simple deber de obediencia histórica a la tradición familiar o arrastrado a su fe por la tendencia dominante en el pequeño orbe en el que se desenvolviese su vida. Por alguna razón que acaso solo podría explicar la sicología colectiva de los compostelanos, el grueso del vecindario santiagués nos sentíamos más vigueses que coruñeses por la sencilla razón de que el Real Club Celta era el equipo más querido por un porcentaje mayoritario de aquella chiquillería que raras veces salíamos de casa para un viaje que nos llevase más allá de donde aun pudiesen escucharse vagamente las opiáceas campanadas de la catedral. Si no recuerdo mal, tenía ocho o nueve años la primera vez que visité La Coruña y todavía conservo casi intacta la fascinación primeriza que me produjeron el descubrimiento de los tranvías y el denso ir y venir de toda aquella gente ajetreada y civil que se tropezaba en las calles sin riesgo alguno de darse de bruces contra un canónigo. Yo era seguidor confeso del Celta de Vigo pero al contemplar tanta pujanza pensé por primera vez que la aversión congénita de muchos compostelanos hacia los coruñeses era probablemente la consecuencia de alguna clase de envidia y el recurso psicológico con el que tratábamos de sobreponernos a una inferioridad demográfica y urbanística que parecía insalvable. Suponíamos que por disponer de catedral Dios estaba de nuestra parte, pero aún sin renunciar a los privilegios geopolíticos de la fe, para nuestros adentros la Providencia resultaba sin duda menos interesante que los tranvías. ¿Y Vigo? ¿Cómo sería la ciudad que nos servía de contrapeso emocional frente a aquel universo coruñés en el que incluso el barrio chino daba la sensación de ser un terrario sórdido pero cosmopolita en el que un hombre podría contraer enfermedades que hasta entonces había imaginado como simples malformaciones pedagógicas de la literatura victoriana? Vigo podía ser la salvación, la alternativa defensiva, el ansiado apoyo de aquel otro orbe demográfico y geopolítico acuartelado bajo la doblez del mapa, al sur de los confines más domésticos de Arousa, pero estaba demasiado lejos, aislado de los numerosos y muy leales seguidores compostelanos del Celta, al fondo de un imaginario barranco de brumas, al final de una carretera tortuosa e infinita en la que no había una sola curva que no sirviese para perder el tiempo antes de santiguarse y retroceder. ¿Cómo podíamos los muchachos de entonces esperar que nuestros colegas escolares nos enviasen abnegados refuerzos a hurtadillas desde aquella ciudad industrial, populosa y sureña a la que ni siquiera llegaban las cartas que mis hermanos y yo le escribíamos en verano desde Cambados a la tía Presenta? Una tarde mi padre me llevó a la redacción de El Correo Gallego, telefoneó a su hermana de Vigo y me puso el aparato en las manos. Estaba muy nervioso, sudaba y me temblaban las piernas. Se me pasó por la cabeza que aquello era algo ilegal y que el Régimen tenía intervenido el teléfono para evitar que el Celta extendiese hacia el norte aquel izquierdismo emocional que lo convertía casi en un nihilista equipo soviético. Me deshice del teléfono poseído por la inquietante emoción de haber desafiado la entumecida quietud doctrinal de El Pardo y pensé que además de estar lejos y mal comunicada, la ciudad de Vigo era al mismo tiempo una perversión, un delito y un pecado. Luego reaccioné, recobré la calma e imaginé que Vigo era una apasionante ciudad del cine negro, con jeroglíficos tinglados portuarios en los que se amontonaba un cabotaje de plátanos, espías y cadáveres, una encrucijada en la que no había una sola gota de lluvia que no cayese en felino seseo de gato sobre el ala de uno de aquellos sombreros del cine en los que se volvían de piedra la esperanza, los remordimientos y el sueño. Ahora viajo con frecuencia hasta A Coruña, y me desplazo aún más a menudo a Vigo. Y aunque las sensaciones de ahora ya no son en absoluto las de entonces, la verdad es que todavía en las calles coruñesas presiento a veces la hilatura de los tranvías al sonar el viento concertino en las jarcias de los veleros, y cada vez que cruzo Vigo a lo largo del puerto, sé que son las de Joseph Cotten las vienesas pisadas con las que forran sus pasos las fulanas que venden su cuerpo entre las sombras por un poco de dinero, una pizca de esperanza y un puñado de miedo. Y de regreso en Compostela reconozco que conservo intacta mi devoción de toda la vida hacia al Celta, aunque me consta que el Deportivo no es en absoluto aquel equipo del que sus intelectuales detractores compostelanos decían que era la única batalla que Franco había dado en Galicia durante una guerra civil en la que si el Caudillo desistió de tomar Vigo habría sido solo porque el apoyo que por lo visto le daba Dios se lo negaban sin remedio las carreteras.
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