FERNANDO GONZÁLEZ MACÍAS
A pesar de que allí estaban algunos de sus principales dirigentes, junto al ex presidente Touriño y el ministro Caamaño, la participación del Pesedegá en la manifestación en defensa del gallego no pasó de testimonial. Fue el suyo un papel casi de comparsa, que no comprometió en lo más mínimo el protagonismo absoluto del mundo nacionalista, tanto del Benegá como de la constelación de movimientos sociales y culturales que se mueven en su órbita, que es a quienes hay que atribuir el indiscutible éxito de la convocatoria.
La mayoría de los no demasiados socialistas que respondieron a llamada de Queremos galego tenían clara conciencia de estar protagonizando la primera gran movilización contra la Xunta del PP. Para ellos, lo de menos era el motivo, en este caso un asunto, el de la lengua, que marca serias diferencias entre los distintos sectores que en Galicia se cobijan bajo las siglas del PSOE. Otros, los menos, tal vez acudieron a la cita de Santiago por sus convicciones personales o por pura coherencia, no en vano la política lingüística en supuesto proceso de derribo fue responsabilidad directa del lado socialdemócrata en la etapa del bipartito.
Política es política. Está claro que los de Pachi Vázquez no podían pasar por alto una ocasión como esta para erosionar a un Feijóo cuyo crédito político está prácticamente intacto, al menos desde el punto de vista de la gestión del Gobierno gallego. Para eso está la oposición, para criticar a los que mandan y ofrecer alternativas cuando se discrepa de los fondos o de las formas y, por encima de todo, para intentar rentabilizar electoralmente los errores ajenos, incluso antes de que se produzcan. Porque, a día de hoy, todavía no ha empezado a materializarse la involución del proceso normalizador que pretendería perpetrar el nuevo inquilino de Montepío. Por eso estamos ante una suerte de movilizaciones preventivas, legítimas, pero difíciles de asumir por el común de la ciudadanía que, además, no entiende el fondo de este conflicto.
Las bases del PsdeG no están tan alejadas de los postulados de Galicia Bilingüe como algunos quieren pensar. Es más, no tendrían empacho en secundar abiertamente sus planteamientos si el colectivo que lidera Gloria Lago marcase unas mínimas distancias con las minorías españolistas de ultraderecha por las que se deja querer, si en sus actos públicos no ondeasen tantas banderas de España (incluidas las preconstitucionales), y si en definitiva no jugara a ser la sucursal galaica de UpyD, el partido de Rosa Díez, que al fin y al cabo le disputa una parte de su electorado, el jacobino.
Al PSOE de Pachi Vázquez le convendría dejar de marear la perdiz -como se ha visto sin ir más lejos en el tema de la "L" coruñesa- y fijar una postura clara en la cuestión idiomática, aún a riesgo de incomodar a unos cuantos de los suyos. No puede estar en la procesión y repicando. Después del uno de marzo, en un saludable ejercicio de autocrítica, dio a entender que pudo haber cometido excesos en su política lingüística, acuciado por la presión de su socio nacionalista en la Xunta. Había un cierto propósito de la enmienda, que en ciertos ámbitos se agradecía y que sin embargo, con el tiempo, fue desembocando en una suerte de baile de la yenka, con un paso adelante y otro atrás, posicionándose a un lado o al contrario, en razón de la coyuntura y del interés partidista.
Aun cuando les resulte incómodo, los socialistas tienen en su mano la llave del tan demandado acuerdo de mínimos sobre lo que en el futuro se haya de hacer desde los poderes públicos en relación con la lengua gallega. Sin ellos no es posible. Dada la distancia, casi un abismo, que en este ámbito separa a Bloque y PP, corresponde al PSOE dar un paso adelante y tender el puente que facilite la recuperación del consenso. Ahora bien, no debe confundir la centralidad de su postura con una equidistancia que puede llegar a ser obsesiva y estéril.
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