RAMÓN FARRÉ
Pero, ¿ha de abandonar uno su fe
sólo porque dejó de ser verdad?
¿No podré estar contigo si no estás?
(Joan Margarit)
Indican las últimas encuestas que el acusado descenso del Gobierno en el aprecio colectivo podría deberse más aún que a las consecuencias de la crisis económica, al impacto social del proyecto que sustituiría a la vigente ley de interrupción voluntaria del embarazo.
La Iglesia católica, que tiene por única su propia moral y que siempre se ha mostrado beligerante, conserva una desmesurada capacidad de influencia y convocó una manifestación en contrario. Bajo el lema Cada vida importa, congregó a muchísimos ciudadanos porque, hasta en ámbitos sociales que la Iglesia no conduce, es piedra de escándalo el que jóvenes de 16 años pudieran abortar legalmente sin que sus padres llegaran a saberlo.
Efectivamente, una nutrida corriente progresista, partidaria sin reservas de la despenalización, se siente sin embargo alarmada por el hecho contrastado de que cada vez con más frecuencia, muchachas cada vez más jóvenes, adolescentes y preadolescentes desinformadas e inmaduras, acudan a las clínicas para enmendar el yerro de un embarazo indeseado.
No recuerdo que este Gobierno me hubiera dado mucha ocasión de coincidir con él. Lo hago ahora, no sólo porque primero defendí la despenalización y una "ley de plazos" después; también, y principalmente en el punto más conflictivo del proyecto, porque, con una familia a menudo destazada y una escuela destruida, he visto demasiadas vidas quebradas. Las vidas en ruinas de demasiadas niñas, madres a la fuerza de un hijo forzado, que una presión social inhumana, casi siempre de motivación religiosa antifemenina, les imponía a través de sus padres.
Hay familias que se han vuelto peligrosas, la escuela se ha vuelto peligrosa, la Iglesia... Vivimos un momento peligroso porque, en la zozobra de ese "aullido interminable" con que la vida los llama, la sociedad no es capaz de ofrecer a nuestros jóvenes faros seguros.
"La vida los elige para su amor". "Pero ser feliz siempre ha sido una cosa muy extraña" y en las noches de estrellas desatentas, cuando el viento silba enloquecido amenazando puertas y ventanas, sin sosiego y sin consuelo en el huido amparo de la casa, una niña ha de rendirse a la condena de la vida.
¿Con quién podría contar? ¿Con nosotros, tan ciertos de que "el primer sol estructura el día" y sin embargo tan acostumbrados a "fingir la vida"? ¿Con nosotros, tan podridos de silencio y culpa?... ¿Con el Gobierno?... ¿Con el Vaticano, acaso?...
... Yo le tuve nombre y miedo... Nombre le tuve... Y se me fue la vida sin sus ojos... Nombre le tuve... "Y el mar también habrá de acostumbrarse".