JAVIER CUERVO
La capacidad de entusiasmar de Obama está dando buen resultado. Gente de todos los colores, formatos, cuentas corrientes y países repitió sonriente el "yes, we can" al que se ha dado tantos usos. Como el "sí, podemos" es la expresión tácita de los que tienen el poder, normalmente la fuerza, y las ganas y la capacidad de ejercerla, se entendía que la frase del candidato a la presidencia de EEUU iba dirigida a los que normalmente "no, no pueden". Eso sembró esperanza donde no la había y se manifestó en forma de entusiasmo ante las cámaras y en espacios públicos. En los votos no hubo unas diferencias grandes pero en el tono de los participantes en las elecciones, sí. Una vez se gana, entre los acertantes, oportunistas y el margen de confianza, el ambiente favorece a los adictos al entusiasmo.
El entusiasmo siempre es mejor moderado porque nubla un poco la vista y favorece la ingenuidad. Es euforizante y agradable pero, como el orgasmo, conviene disfrutarlo por tiempo limitado.
Con el premio Nobel de la Paz para el presidente de EEUU se vio que la capacidad de entusiasmar de Obama sigue intacta para reblandecer la mente del jurado y para que afloren los entusiastas anti-Obama que empezaban a pasarlo bien llamándole "socialista" y caracterizándole como el supervillano loco "El Jocker". El entusiasmo ha desinhibido a personas que sienten amenazado su sentimiento de que la vida es asquerosa; la especie, de temer; el vecino ese que cuando come mastica un bocado que debería ser tuyo y el enemigo, además de muy malo, una creación necesaria. El entusiasmo con que describen su percepción del mundo está pidiendo que se instaure un premio Nobel de la Guerra en el que puedan sentirse emocionalmente implicados e ideológicamente concernidos. No les basta con que en su historia el premio haya sido de la Paz y de la Guerra: quieren una categoría específica y volcar en ella todo su entusiasmo.