JOSÉ MANUEL PONTE
Cita en Betanzos, muy de mañana, para salir al monte a por setas. El día es espléndido y despejado pero a esta hora hace un fresco estimulante que anima a la ingesta de un chocolate con churros en un establecimiento de la plaza de los Hermanos García Naveira, aquellos próceres que tanto hicieron por la villa. Como yo no soy un habitual de estas expediciones debo procurarme, antes de partir, un par de botas de goma y una navaja en unos de esos establecimientos que venden de todo. Viajo a bordo de un todoterreno con un coronel de Marina y otro de la Guardia Civil, lo que siempre es una garantía de buena orientación y orden en los despliegues sobre el terreno. Por el camino me explican que es el momento idóneo para esta actividad recolectora, porque dentro de unos días empezará la temporada de caza y habrá que compartir la campiña con una tropa de gente armada que dispara con bala contra todo lo que se mueve, con el consiguiente peligro de equivocarse de pieza. La ventaja de la micología sobre la cinegética es que las setas ni corren ni vuelan y permanecen en su sitio hasta que el afortunado que las descubre las corta por el tallo y las mete en el cesto. Por lo demás, el ejercicio de andar y agacharse, y el disfrute del paisaje, son muy parecidos. Con la ventaja añadida de que no hay que llevar perros que alboroten. Empezamos la tarea en las inmediaciones del monte del Gato y después nos vamos hacia la sierra de la Loba. En la primera parte del recorrido avistamos una cantidad grande de Lepiotas primerizas. Esta clase de setas tiene la ventaja de que su capullo soprepasa la altura de la hierba y si uno está bien de la vista, y permanece atento, puede divisarlas fácilmente desde la ventanilla del coche. No ocurre lo mismo con los champiñones silvestres, que permanecen ocultos y hay que andar mirando continuamente hacia el suelo para descubrirlos. De una clase y de la otra, metemos en las cestas una buena cantidad y luego nos vamos hacia la sierra de la Loba, donde esperamos encontrar Boletus y otras variedades. En las estribaciones de la sierra, los prados que están junto a los pinares conservan la humedad del rocío y la tarea no se da mal; en cambio, en la parte de arriba, donde aguardábamos resultados mejores, dada la abundancia de abono animal que deja el ganado mientras pasta, no vimos nada excepto muchos rastros de jabalí. Cansados de andar infructuosamente de una lado para otro, y cuando el sol de mediodía empezaba a picar, cerramos la operación y dejamos el trabajo. Al fin y al cabo, ya habíamos llenado antes varias cestas. De vuelta a la base, hicimos un alto en un bar de Irixoa donde nos recibieron como a campeones. Igual que ocurrió el año pasado, nos volvimos a encontrar allí con un druida local al que conocen por el sobrenombre de Ojo de lirio. Un hombre totalmente escéptico sobre la abundancia y calidad de las setas de la zona, que él achaca a la lluvia ácida que provocan las centrales térmicas. Pero como nos vio tan contentos no nos dijo nada. Ya en Betanzos nos prepararon espléndidamente lo recolectado en Casa Vega. El coronel de la Guardia Civil tuvo el detalle de añadir como aperitivo unos jurelitos pescados por él. Tenía que haberlo hecho el de Marina, pero la vida tiene estas paradojas.