FELIPE PONCET
Iraq a la baja, Afganistán al alza, Paquistán a tope, el océano Índico con más piratas que en una novela de Emilio Salgan, pero para batallita la que estos días se disputa en las orillas del río Manzanares. La batalla de Caja Madrid, por su presidencia, llega a unos extremos que el simpático osito verde emblema de la entidad se está poniendo rojo como la grana de la vergüenza que el pobre pasa. Apetitoso cargo el que es objeto de cruentísima disputa, el que se lo lleve probablemente no tendrá demasiados problemas para llegar a fin de mes. Realmente no se pelea por el dinero si no más bien por el principal efecto del control del vil metal, se lucha por el inmenso poder que supone contar con la presidencia de una de las más potentes entidades de crédito españolas. Como no podía ser de otra manera, los principales contendientes son Esperanza Aguirre y Ruiz-Gallardón, no por el cargo en sí, al que por supuesto no optan, si no por sentar en la poltrona presidencial a sus patrocinados. Poco ha durado la tregua establecida con motivo del fallido intento olímpico, de nuevo a la greña los eternos rivales, besitos en público y luego puñaladas traperas, un buen cock-tail no precisamente de agasajo postinero. El ayuntamiento, la comunidad autónoma, el PP y el PSOE a por el pastel. La ingenua ley de cajas establece que la elección del presidente ha de ser fruto del consenso; a los ayuntamientos, impositores, instituciones varias y empleados corresponde la decisión, pero tal y como están las cosas es evidente que quienes en definitiva resolverán sientan sus reales en Génova, Ferraz, la Puerta del Sol, la Plaza de la Villa y la Moncloa. Pues que Dios reparta suerte y a quien Dios se la dé San Pedro y San Isidro se la bendigan.
En el resto de España se continúa dando vueltas a lo de las fusiones de cajas. Naturalmente hay opiniones para todos los gustos, pero en el fondo la inmensa mayoría de los prebostes son partidarios de ellas siempre y cuando sean ellos los que ocupen los más altos puestos de las entidades que se fusionen, sobre todo en aquellas en las que los cargos directivos han adquirido carácter hereditario, que haberlas hay.