JOSÉ MARÍA ECHEVARRÍA
Cerca de donde vivo hay una calle mitad peatonal y mitad abierta a la circulación. En la zona peatonal, que comunica con un par de plazas, abundan los comercios dedicados a la infancia. Por eso, a veces hablo de "acera infantil" porque los escaparates son todo un reclamo para críos y para sus progenitores. Pasar por allí es una alegría, porque se ven niños, cochecitos de bebés, padres y abuelos contemplando cosas que entran por los ojos. También, en otros momentos, vigilan el trajín de los pequeños o pugnan por hacer tragar a sus criaturas los potitos y comidas del caso. Hay voces, grititos, risas, gorjeos de vida. Deberían pasar por allí los abortistas para ver si se les pega esa caricia. De todas formas, lo que atrae mi atención, y pienso que es lo que más éxito tiene, es una casita de plástico, con sus ventanas, puertas y tejado con chimenea, que imita la casita de los gnomos en la que pueden entrar los más pequeños, y que uno de los establecimientos allí situados ha tenido la feliz idea de sacar a la acera. A su alrededor hay un revuelo de peques que tiran de las manos de sus mayores para acercarse y meterse en la casita. El problema surge cuando hay overbooking de ocupantes, con empujones y lloros incluidos, pero eso dura poco. Los críos acaban compartiendo la casita, y tan felices. No digo dónde está: hay que descubrir ese tesoro.