JOSÉ MANUEL PONTE
El escritor portugués José Saramago ha publicado un libro, de título Caín, en el que hace notar la extrema crueldad del Dios del Antiguo Testamento, basándose en la propia literalidad del relato bíblico. Allí aparece descrito un Dios que acepta y exige sacrificios humanos; un Dios que arrasa ciudades sin tener piedad con los inocentes que habitan en ellas; un Dios que castiga con plagas a las poblaciones que no profesan la verdadera fe; y un Dios que manda asesinar a los primogénitos de los egipcios para favorecer la huida de los israelitas, el pueblo elegido entre todos los pueblos para gozar de los favores divinos. "La Biblia -concluye Saramago- es un catálogo de crueldades. Dios es sádico, es cruel, es mentiroso, no es alguien de fiar, y no se puede confiar en su palabra". En un país como Portugal, de raíces profundamente católicas, estas opiniones han levantado ampollas. La jerarquía eclesiástica las ha calificado de ofensivas y un eurodiputado conservador le ha pedido al premio Nobel de Literatura que renuncie a la nacionalidad para no ofender a sus compatriotas. Incluso la comunidad judía, muy numerosa e influyente desde que en 1492 el rey Juan de Portugal concedió asilo a los miles de correligionarios expulsados de España por los Reyes Católicos, se sumó a las protestas. Pese a todo, el escándalo no ha llegado al nivel del que se produjo en 1991 con la publicación del Evangelio según Jesucristo, novela en la que Saramago describió a un Jesús de Nazaret que convivía con María Magdalena. Y hasta podría decirse que algunas de las críticas realizadas desde el bando de los ofendidos son razonables. Por ejemplo, leo en la prensa que, Carreira das Neves, uno de los mayores estudiosos portugueses en la materia, se queja de que Saramago no sepa leer la Biblia como un libro de cultura y caiga en la tentación de tomar al pie de la letra algunos pasajes que indudablemente son exageraciones folletinescas para impresionar al público. El debate sobre la conveniencia de aplicar criterios racionales a la interpretación de la Biblia, evidentemente un libro de escaso rigor histórico, es muy antiguo y ha dado lugar a muchos episodios polémicos dentro de la misma comunidad religiosa cristiana. Para los partidarios de un discurso racional que incorpore los avances científicos, los relatos bíblicos tienen un carácter mítico. Para los fundamentalistas, en cambio, la Biblia debe ser interpretada de una manera literal. Saramago, que seguramente quiere burlarse de estos últimos, ha optado por esa versión porque a efectos polémicos y propagandísticos le conviene. No obstante, él mismo, como ateo consecuente, reconoce que ese Dios cruel del Antiguo Testamento no es, ni puede ser, un personaje real y con vida propia sino una creación supersticiosa de la mente humana. "Los hombres -dice el escritor- hemos creado a Dios a nuestra imagen y semejanza. Por eso es tan cruel, malo y vengativo". La temática religiosa le resulta grata al autor de Memorial del convento, El Evangelio según Jesucristo y ahora Caín. Y siempre la trata con la distante ironía del que ha sufrido una engañosa influencia en su juventud y, con el paso de los años, se ha librado pacíficamente de ella. Pese a todo, algún problema le ha traído y en una ocasión anterior se vio en la necesidad de abandonar temporalmente su país ante la intransigente actitud del entonces jefe de Gobierno y actual presidente de la República, Aníbal Cavaço Silva. Al fin y al cabo, el drama entre Caín y Abel es un problema entre hermanos. Dios prefiere el regalo del ganadero Abel, un cordero asado, y desprecia el del agricultor Caín, unas verduras. Caín mata a Abel, según Saramago, porque no puede matar a Dios, del que se deduce que no es vegetariano.